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viernes, 6 de enero de 2017

Ausente



Él estaba como ausente y yo le hablaba, miré sus ojos perdidos en el plato, en los cubiertos mal cruzados, en la servilleta hecha un bollo, en su dedo con un poco de puré. Él estaba en otro lado, quizás con otra mujer que lo hiciera más feliz, que no le hablara todo el tiempo ni que le reprimiera por sus fracasos, que le sonriera cada mañana o que le diera, antes de dormir, un beso de buenas noches. Él estaba enfermo de mí, de mis rulos despeinados, de mis pelos en la almohada, en la rejilla del baño, en su ropa y yo sabía que él quería escapar, levantarse una mañana, dejar las llaves del lado de adentro, cerrar la puerta y no volver a escuchar mi voz aguda en cada silencio. Quizás no era yo la que le hablaba ni él el que estaba como ausente. Él no me dio el beso de buenas noches, yo tampoco lo hice y la mañana siguiente agarré las llaves, cerré la puerta y no volví. 

jueves, 22 de diciembre de 2016

No estás sola



Las dos manos en la taza, el olor a menta se mezcla con el frío de la habitación, con el ruido del aire acondicionado, con el pelo fucsia de ella, que a veces también es azul o de muchos colores, que ahora está en silencio, que escribe una historia, con sus diez palabras que son distintas a las mías. Acomodo mis anteojos, abro un libro y leo las primeras líneas para encontrar qué decir. Un perro ladra, pienso que quizás su dueño le enseña a sentarse y después de muchos intentos lo logra y como premio le da un caramelo. No puedo concentrarme, sus dedos de uñas largas color uva golpean las teclas, los tatuajes en sus manos, en sus brazos, en todo su cuerpo, son las marcas de la infelicidad provocada que eligió llevar, pero ella no piensa en el golpe de su escritura, solo en el hombre de su historia, que la espera en su casa, en silencio, quizás con la valija lista para partir, aunque ella no quiera, sabe que va a ser así, que también se va a llevar las fotos, sus revistas y la computadora, pero a ella qué le importan esas fotos si él ya no va a estar más ahí. Ella expresa su amor de la única manera que sabe: con dolor. Pretenciosa. Llena de vida para ser medio amada, con días eternos de soledad, sobre todo los feriados, en los que sale de su casa y camina a las tres de la tarde, debajo de ese sol que agobia, pero no tanto como sus pensamientos, y se compra unos zapatos rosas, de tachas, que sabe de poca utilidad. Vuelve a sus palabras, a la orfandad de su texto, en el que el personaje deja quemar las tostadas y cierra las persianas y busca la noche cada mañana y el pelo y la ropa y los muebles se impregnan de olor a quemado. Su texto es brillante, ella lo sabe y yo también. No estás sola, escribo en mi cuaderno. No estoy sola, escribe ella en el suyo. A veces las palabras hunden, la mayoría de las veces salvan y escribe, no siempre, para ser querida; y escribe, por obligación, para soportar la vida.

martes, 13 de septiembre de 2016

Cosas



Le digo que nada, que no quiero más cosas, para qué tanta ropa, vasos y platos y sillas vacías, adornos que juntan polvo, libros sin leer, una televisión encendida, una mesa llena de papeles, en definitiva, dueña de tantas cosas y, al mismo tiempo, una prisionera, dueña de nada. Y vuelve a su cuaderno, a sus preguntas estudiadas, aunque en realidad le intriga por qué tanto extremismo, pero me pregunta ¿por qué escribo? Y yo le contesto que porque necesitaba ser dueña de algo, y va a negar, lento, achica la mirada y me va a decir que es contradictorio, ¿no? Y yo lo admito, le digo que sí, que es desconcertante, para mí y para usted, pero no sería algo material, sería dueña de una historia, la de mi casa, la de mis hermanos, la mía, porque quién no quiere contar, algo, lo que sea. Usted frunce los labios y afirma y me pregunta qué pasa después y yo, con la mirada en mis manos, en mis dedos sin anillos, le contesto que un anticipo, dinero por palabras que llenarían mis silencios de críticas y halagos, y cada lector, en cada frase, buscaría una mentira y una verdad, y de la pobreza a las cortinas, a los almohadones, a la ropa importada y a los perfumes, otra televisión, más libros y página tras página de soledad. Usted ahora no habla, ni mueve la cabeza, tampoco me mira a los ojos, busca en su cuaderno cómo continuar y yo, sin dejar que usted mueva los labios, le pido que me mire, usted levanta la vista, y yo me inclino cerca, muy cerca de su mirada y le susurro que con el tiempo, se prefiere la cordura a las cosas, los secretos a las verdades, porque los secretos tan abiertos, tan accesibles, de frente y a los gritos, nadie los ve. Y me pregunta qué quiero, y si hoy usted a mi pudiera concederme un deseo, aquello que más anhelara, y yo le pregunto ¿cualquier cosa? Y Usted me dice que sí, que cualquier cosa, que qué pediría, y yo, que sé que no hay forma de que usted me de aquello que quiero, le diría que una noche de invierno, una sonrisa, un abrazo, cosas.        

martes, 10 de mayo de 2016

Aquello que no se dice


Hace poco escuché a una mujer que contaba que su madre había muerto y que, desde ese momento, tiene la necesidad de ser tocada, de sentir otro cuerpo, una mano en su cara, un abrazo, algunos susurros, otras personas. Desesperación. Quizás alguien que le mienta, que le diga que la quiere, que es especial, que van a estar siempre juntos y que todo va a estar bien. No le importa que no sea cierto, ni siquiera es lo que ella quiere, pero le gustan esas mentiras y le gusta fingir que las cree. Fingió con tantas otras cosas, por qué no lo haría con eso. Pero ella, a sus amantes, no les dice nada, los mira en silencio, a veces les sonríe sin mostrar los dientes, porque esa sonrisa es solo para sus hijos. Le gusta tratar a los hombres igual que a la literatura, lo importante es aquello que no se dice. Un abismo. Porque lo que se menciona, se naturaliza. Después de su segundo libro, su hermano y algunos amigos dejaron de hablarle, muchos la juzgaron, otros solo no la entienden. Ella decidió dejar de correr atrás del rumor, ya no da explicaciones, como tampoco se ocupa de lo que el resto piense de ella. Que sea lo que sea y digan lo que quieran, porque nadie está exento de la crítica. Sabe que es mucho más difícil encontrar personas que de la nada digan algo bueno, que abracen sin que se los pidan, que escuchen sin atacar, que pidan perdón, que digan gracias, que sonrían, porque, por lo general, es más fácil encontrar a alguien que juzgue, que critique o que esté a la defensiva. Le da pánico convertirse en alguien que no saben lo que quiere o, mucho peor, que sabe lo que quiere, pero se pone demasiadas excusas para conseguirlo. Ella quería ser editora, conocida y exitosa, igual que su madre. No lo logró. La editorial que había fundado terminó en la quiebra, desempleada y sin novio, tal vez algún amante ocasional, nunca se le había pasado por la cabeza escribir, hasta que su madre murió y, con la muerte, perdió la vergüenza y encontró su voz. Cuantas cosas no hubiera dicho si su madre todavía estuviera viva. Lo intentó y lo hizo. Le gusta observar a las personas cuando buscan espacios para escapar un poco de la realidad: cuando toman alcohol o fuman, cuando están en bares o boliches, cuando se abrazan o se dan algún beso. Es fanática de Messi, de ir a la cancha y se sienta en la tribuna y ve pasar la vida. Esos 90 minutos llenos de adrenalina, igual que el sexo o la comida, solo instantes en los que se siente realmente viva. Prefiere reír que llorar y nunca se toma las cosas tan en serio, a pesar de que los padres de sus hijos se lo criticaran, aunque para ella fuera innegociable, porque es el legado más grande que le dejó su madre. 

sábado, 23 de abril de 2016

Mi hermana menor


Para un puesto de trabajo pedían una carta motivacional en la que se indicara: por qué se era apto para ese trabajo, los ídolos o aquellas personas a las que se admira y cómo se veía uno en cinco o diez años, entre otras cosas. ¿Mis ídolos? Pensé en muchos deportistas: Leo Messi, Lucha Aymar, Emmanuel Ginóbili, Paula Pareto, entre otros. Sí, son talentosos, sí, son diferentes, sí, son deportistas de otro planeta, pero en verdad, ninguno de ellos es mi fuente de inspiración y nunca lo fueron. Pensé en mis hermanos, en primer lugar, porque siempre fueron un motor en mí. En segundo lugar, porque son esas personas que querés, pero que también odias, que te quieren y que te odian y en todo momento te desafían y te hacen cambiar. Sin ir más lejos, mi hermana más chica, esa persona que saca lo peor y lo mejor de mí: juega al hockey, a veces tiene un carácter de mierda, a veces pura ternura, a veces un demonio. Me impacta lo generosa que puede llegar a ser y si apostáramos quién ganaría en una lucha entre las dos, aunque me duela, tengo que admitir que sería ella y por mucha diferencia, como también sería a la persona a la que le pediría que me defendiera ante cualquier eventualidad. No me acuerdo si ella tenía cinco o seis años cuando me vio llorar por culpa de mi novio de ese momento, no me dijo nada, de hecho yo no estaba al tanto de que me hubiera visto, pero cuando él volvió a mi casa, ella se le acercó, lo señaló con el índice y le dijo que no quería volver a verme llorar o le iba a tener que pegar. Cuando tenía tres años defendió a otro de mis hermanos (que en ese momento tenía cinco) cuando un chico más grande los molestaba en un pelotero y, hace no mucho, intentaron robarle el celular, no llegó a correr, ni a pedir ayuda, firme, seria, de frente al ladrón y dijo “no”. El ladrón la miró confundido, la agarró e intentó sacárselo, ella, sin pensarlo demasiado, le dio una piña y se quedó con el brazo y el puño levantado, si él avanzaba, ella volvería a pegarle. El ladrón se quedó paralizado, ella cada vez más firme, él cada vez más confundido y huyó y se escapó con alguien que lo esperaba en una moto.

Es terca, demasiado terca y no hay nada que no pueda lograr. No conozco otra persona tan determinante como ella. Se propone objetivos y los cumple. Simple. No espera reconocimiento, aunque cada vez que tiene un partido mira hacia afuera para ver si alguien la fue a ver. Es buena, divertida, a veces le gusta la música, a veces el silencio. No le gusta mucho ir al cine, aunque vio todas las películas que hay en Netflix. Es mi mejor amiga y un orgullo tenerla como hermana. Siempre quiere un poquito más, de todo y de todos. Inquieta, demasiado, sobre todo si ese día no tuvo que entrenar. Muy puntual y estructurada. Fría y distante para demostrar sus sentimientos, pero solo para aquellos que no tienen paciencia para mirarla a los ojos y descubrir a esa mujer sensible que se muestra todo el tiempo como pura fuerza. Fiel y leal con sus amistades. Muy exigente consigo misma. De esas personas extraordinarias que la convivencia los convierte en ordinarios. Cumple 18, quizás todavía no tiene muy en claro qué quiere de su futuro, pero desde siempre supo que va a ser una Leona. Lo sabe, no necesita más y está segura de que lo va a lograr, pero no sabe, o no se acuerda, de que ya lo es. 

jueves, 10 de marzo de 2016

Simple!





Porque cada tanto es lindo sentir que alguien nos quiere y esa es la desesperada búsqueda que se presenta en la vida cotidiana. Simple. Una comedia dramática que cuenta la historia de Germán, un tipo de treinta años, que trabaja en una productora y que siente que no encuadra en el perfil de hombre que las mujeres desean. Simple. Germán no puede disfrutar de lo que le pasa en la vida y con sus comentarios desafortunados, hace todo lo posible para cumplir con su objetivo: conocer mujeres, aunque sabe que en toda relación siempre hay un tercero. Se anota en cursos, exprime el Facebook y va a fiestas, se cruza con gente nueva y resucita viejas historias inconclusas. La serie está resumida en 12 capítulos, de 10 minutos, y puede verse en UN3.tv, el canal de la Universidad Tres de Febrero. Porque los personajes cobran vida, los amigos son esos de hace mil años, de siempre, un gol de media cancha. Simple.

       





Crítica publicada en la Revista Fuera de Hora.

lunes, 11 de enero de 2016

Primer síntoma



Usted ya sabe quién soy, imagino que también sabe el motivo de mi carta y solo le pido que se tome unos minutos para leerme. En el transcurso de estos meses varias personas se acercaron a preguntarme por qué fui tan determinante al dejar al hombre con el que me casé. Seis meses, ese fue el tiempo que estuvimos casados ¿Por qué tomé esa decisión que para algunos fue tan apresurada? ¿Podía conformarme? ¿Cuáles fueron mis respuestas? Ahora no las recuerdo, fueron muchas, todas distintas. Algunas coincidían, otras se traicionaban y hasta yo me olvidé por qué lo nuestro, lo mío con él, no funcionó. Pedí ayuda, muchas veces. Pero ¿qué tipo de ayuda podían o podíamos darnos? Yo quería estar mejor, él también lo quería para mí, aunque no lo sabía porque para él no pasaba nada. Sí, era eso, quería estar mejor.
A usted le llegaron comentarios acerca de mi persona, lo sé, y también sé que le dijeron todo lo que “le hice” a él. Yo lo elegí, él también a mí y pensé que esa elección sería por mucho tiempo ¿Me preguntará si creo en el amor para toda la vida? Quizás se lo pueda responder más adelante. Por el momento, ni siquiera le puedo decir cuándo dejé de amarlo y ojalá no me hubiese pasado. Amar a alguien no es fácil, dejar de hacerlo, mucho menos. Olvidamos sonreírnos, compartir y nos dejamos de a poco. No pudimos hacer nada para frenar eso. Lo intentamos, créame que sí. Quería que funcionara, mirarlo como al principio, con admiración. Hicimos todo lo que pudimos, el uno por el otro, y no fue suficiente para seguir juntos. Lo hablamos muchas veces, pero no pudimos resolverlo. Insisto en que hubiese sido mucho más fácil no tener que irme de mi casa, no saber dónde vivir, no saber si me iba a alcanzar la plata, dejarle todo, incluso nuestro perro. Lo peor es que no discutíamos, no es que me fuera con alguien y jamás le fui infiel. Quería recuperar mi soledad, mis silencios y, para qué mentirle, dejé de amarlo. ¿Cuál es el momento exacto en el que se deja de amar? ¿Se puede predecir? ¿Se puede hacer algo para evitar que eso suceda o hay que conformarse y seguir y tener hijos y vivir por más de treinta años con la misma persona hasta ya no saber si solo están juntos porque se acompañaron el resto de sus vidas? “No sé si lo amo, nos queremos, nos queremos mucho y nos necesitamos”, respondería al cabo de tanto tiempo, “es el hombre de mi vida” y sería verdad. Entonces, cuando él muriera quizás sentiría alivio, aunque sabría que ya no tendría en qué ocupar mi tiempo como así tampoco mis quejas. Ni mis hijos ni mis nietos estarían disponibles para mí, les pediría que me llamaran, que me visiten y ellos lo sentirían como una obligación y yo, de todos modos, estaría sola. Durante las noches silenciosas leería hasta dormirme, sin que él se enojara por la luz que yo dejaba encendida, dormiría tarde y me levantaría muy temprano. Lo extrañaría por no poder enojarme porque él, de seguro, quisiera dormir un rato más, hasta que se levantara y hable y hable y hable más. Yo le diría que se callara la boca y que fuera a hacer las compras y él me contestaría que nunca sabe qué comprar y para no discutir iría yo y él querría acompañarme y yo me enojaría aún más porque querría que lo hiciera él sin tener que depender tanto de mí. Después de su muerte estaría tan sola que lo lamentaría. Pensaría en que no hubiese cambiado nada. Me mentiría a mí misma porque sabría que si hubiese tenido la valentía de decirle que ya no lo amaba, lo hubiese dejado y mi vejez sería otra. Quizás con otro hombre sentiría lo mismo, que lo quiero, lo quiero mucho y nos necesitamos. Pienso que quizás sí lo podría amar y mucho.
Quizás se pregunte por qué le explico todo esto ya que no me conoce. Justamente, se lo cuento porque usted armó un juicio de valor sobre mí sin conocerme, habló sobre mí con personas que tampoco me conocen, pero no nos preguntó ni a él ni a mí. Lo entiendo ¿Qué va a pensar de la mujer que deja a un hombre de la noche a la mañana? De seguro cree que tendría que haberle dado otra oportunidad, que los tiempos difíciles son solo eso, momentos de crisis y que hay que esperar por los tiempos mejores. Esos momentos en los que, después de buscarlos con desesperación, renace el amor y la felicidad. Pero ¿usted podría prometerme que al cabo de un tiempo no sentiría que me faltara algo y trataría de encontrar eso que no está pero que no sé qué es? Abriría las alacenas, los cajones, los armarios, revisaría en cada bolsillo, en todas las carteras, no sabría qué buscar, tendría ganas de llorar y no lo haría porque no sabría por qué. Me haría un té o café o mate para poder pensar con tranquilidad. La casa estaría en orden, igual que su ropa, la mía no, estaría desparramada en una silla, como siempre. Quizás tendríamos hijos y yo estaría por buscarlos en la escuela, antes dejaría la merienda lista en la mesa para que al llegar se sentaran e hicieran la tarea. Sería en ese momento, que lo entendería, que no tuve la valentía de irme cuando tuve la oportunidad. En ese momento dejar todo atrás sería mucho más difícil. No podría escapar como a los ocho que corrí por toda la escuela y me escondí en el baño para que un niño no me besara. Pensé cada detalle, al principio no lo podía entender, hasta que recordé ese día que volvía a casa en el colectivo, leía, no sé qué libro aunque me gustaría recordarlo. No escuchaba el murmullo de la gente, me detuve en una frase “todos los amores se desgastan […] hay quienes se acostumbran a ese horror cotidiano y su felicidad está en negarlo. Otros huimos ante el primer síntoma”. Leí varias veces las mismas líneas y las repetí hasta memorizarlas. No podía compartir mi felicidad con él, él no me entendía cuando yo le hablaba con pasión y yo no lo entendía a él en nada. ¿Huí ante el primer síntoma? ¿Fue lo mejor para los dos? Usted y yo sabemos que no existe una manera correcta de hacer las cosas, hay muchas formas de hacerlas mientras se hagan con honestidad. Nada de “tenemos que hablar”. Fui directa: “lo nuestro no funciona y no va a funcionar”. Él lloró en silencio. ¿Qué más se podía decir? En cuanto a mí, no lloré, ni tuve ganas de hacerlo. Miré cómo sus lágrimas mojaban el sillón, él no se las limpiaba con la manga del buzo como lo hubiera hecho yo. Él las dejaba caer. Sin pasión. Como si nada. Al sillón le quedaría una marca, no me importaba, yo no viviría más ahí y menos que menos me llevaría ese mueble que eligió la madre de él.

Creo que no es necesario agregar nada más, como así tampoco aclararle que yo siempre traté de dar y hacer lo mejor, como estoy segura que usted lo hace en su trabajo, en su vida, en sus relaciones, con usted mismo. Ojalá me hubiera dado la oportunidad de poder conversarlo y contarle esto personalmente. De cualquier manera ya se lo he dicho todo.

martes, 8 de septiembre de 2015

Como una niña


Leche parcialmente descremada Información al consumidor: 1. Calcio agregado. La Serenísima ha logrado obtener una leche parcialmente descremada fortificada con calcio. Sí, no se sorprenda cuando su hija adolescente empiece a consumirla, tenga en cuenta de que usted lo hace con frecuencia. Ella no se lo va a aceptar ¿parecerse a su madre? Nunca. Quédese tranquila, con el tiempo querrá hacerlo, extrañará sus tortas, el olor a crema de sus manos, la paciencia para aconsejarla o acompañarla a comprar ropa. Se lo prometo, en poco tiempo será ella la que quiera hablar con usted por cualquier motivo. 2. Fuente de vitamina B9: son la base para el llevar y buscar a los niños de la escuela, ayudarlos con las tareas, a las cinco, leche y vainillas, sonreír, preparar la ropa para la mañana siguiente. Otra sonrisa, un abrazo y un beso con sabor a dulce de leche. Un poco de televisión, quizás algo de música y bailan todos juntos hasta que llega la hora de la ducha. “Estoy cansado, un cuento, mamá, solo uno”, “cómo se dice” y de otra cama gritan “por favor mamá, solo un cuento y nos dormimos”. “Cinco minutos” dirá usted y los niños asienten y sonríen mientras de a poco se les cierran los ojos. 3. Disimule, el repositor está muy cerca. 4. Viene una madre de niños pequeños, se dirige a la leche entera. Preste atención al calendario de vacunas ¿tiene usted todas al día? No se olvide de que la doble adultos se repite cada diez años. Sus hijos seguro tienen todas, las madres nunca se olvidan de esas, pero usted también tiene que cuidarse. Hágame el favor de llegar a su casa y chequear su carnet de vacunación. 5. Menos de 50.000 bacterias, las 24 horas, los 365 días del año. 6. El microscopio diferencia la calidad. ¿Sabe usted todo el esfuerzo que hay detrás de cada leche? Un hombre y una mujer se enamoran. Ella lo ama con locura, él sabe que sin ella no puede vivir. Una familia, un hogar y el almuerzo de todos los domingos. Con determinación, constancia y entrega llevaron adelante su sueño. No fue fácil, debo confesárselo, pero lo hicieron juntos. 7. Hágame el favor de cerrar los ojos. Señora, la vi, basta de hacer trampa y cierre los de una vez por todas. Se acuerda cuando se despertaba para ir a la escuela: el delantal blanco, las trenzas a los lados que todas las mañanas le hacía su madre y la falta de los dientes de arriba que se llevó el Ratón Pérez. Qué poco tiempo ha pasado y ahora es usted la que hace lo mismo con sus hijos. 8. Ingredientes: leche parcialmente descremada ¿y si le agregamos un chocolate? Para un Submarino: 250 cc de leche, 1 barrita (20 g) de chocolate de taza, azúcar o edulcorante, hervir la leche y servirla en un vaso largo. Colocar la barrita, el azúcar y aguardar hasta que el chocolate se derrita. Tiene muchas más recetas en el Facebook de La Serenísima, la que se le ocurra y, en el caso de que no sepa por cuál preguntar, pida alguna sugerencia que le contestan en seguida ¿Qué? ¿Nunca entró al Facebook de la empresa? No se preocupe, es muy simple y cualquier cosa que se le ocurra preguntar, unos segundos y ya tiene la respuesta. 9. ¿Por qué elijo la receta del submarino? Es simple, siempre me recordó a mi niñez y es mucho mejor si se comparte con amigos. Aunque siempre lo prefiero los días de lluvia. 10. Le recomiendo no acercarse a limpiarle el bigote de chocolate que tiene su hijo, los amigos podrían hacerle bromas y quizás él termine enojado con usted. Además, tiene que reconocer que es divertido ver a un niño con bigotes de chocolate. 11. ¿Le puedo pedir un favor? Mueva con suavidad la mano hacia abajo, su dedo gordo me hace cosquillas. 12. Información nutricional: Puede mezclar esta leche con otros productos. El cacao en polvo es otra buena opción, sobre todo para las mañanas de mucho frío. Se aconseja una cucharada, quizás dos, pero preste atención si lo preparan sus hijos, cuanto más oscuro más rico. Si piensa en la cena y todavía no se le ocurrió qué preparar, la polenta con leche y mucho queso derretido es una buena opción. Simple, rica y muy nutritiva. 13. Servicio de información al consumidor: no vaya a pensar que le hago publicidad a la polenta. Para nada. A tan solo unos pasos encontrará la distinta variedad de quesos. Qué ricos son los cremosos. Debo confesarle que a la polenta con leche y queso, mucho queso derretido, le haría publicidad. 14. Dese vuelta, ¿esos niños que juegan a las espadas con baguettes de salvado y se corretean por los pasillos son sus hijos? ¿Probó usted ponerse a jugar con ellos? Tiene cinco minutos antes de que envíen al hombre de seguridad, yo la espero, vaya, juegue. No está nada mal que de a ratos se divierta como cuando era niña.

sábado, 8 de agosto de 2015

El hombre que cuida





Miraba el resumen de los Pumas contra Sudáfrica y salió una publicidad de hombres que hacían cosas buenas por otras personas. Es una publicidad que incentiva a contar en las redes sociales lo mejor que uno ha hecho por otros y la mejor historia se gana dos pasajes para ir al mundial de Rugby en Inglaterra. Al instante pensé en mi hermano, no porque fuera un amante del rugby, un apasionado de los Pumas y del Club Atlético Estudiantes de Paraná, tampoco porque moriría por ir al mundial como espectador, pero mucho más como jugador. No lo pienso porque sea mi hermano, ni por el concurso, aunque tengo que admitir que él se lo merece más que nadie. Entonces ¿por qué escribo sobre él? Porque él es el hombre que cuida. No puedo mentir, él es así. Soy la mayor, a él le llevo un año y después hay cuatro más, pero él siempre se sintió el responsable de todos nosotros. Lo conocía como se conocen los hermanos, a veces con odio, otras con intriga, quizás a veces como amigos. Se parece a mi mamá en cómo habla y a mi papá en la seriedad que aparenta, a mi mamá en lo servicial, a mi papá en lo práctico. Físicamente, dicen que a la familia de mamá, para mí no se parece a nadie. Si por él fuera viviría todas las cosas malas que nos pasan a sus hermanos así no las tenemos que sufrir nosotros. Es leal y alegre con sus amigos, fiel al amor de su vida, incluso separados, amable con cualquier persona, sobre todo con los que necesitan ayuda, libre en la naturaleza, distante cuando necesita contención, apasionado cuando cocina, feliz en el río, en otro mundo cuando juega al rugby. Nunca habla mal de nadie. Le gusta compartir todo lo que hace con Elvis (su perro salchicha). 

Hace seis meses volvimos a vivir juntos, quería conocerlo más. Desde entonces, antes de dormir me prepara un té o me compra un chocolate o me pregunta sobre mi día. Cocina y lava los platos, esto último no siempre. Incondicional. Parece frío, de chicos nunca me quiso abrazar y le molestaba que lo hiciera yo. Ahora es él quien se acerca, el que pasa su brazo alrededor de mi cuello, no me mira, le da vergüenza y me dice que todo va a estar bien. Hace las compras y cocina para sus amigos. Lo vi regalar camisetas de rugby que ama, le ofreció su gorra a un carnicero que le preguntó dónde la había comprado, cede el asiento en el colectivo y ofrece a los ancianos llevarles las bolsas de las compras. Es muy serio al hablar, incluso cuando lo hace en broma. Borracho sonríe, sonríe y sonríe más. El pelo corto, barba, poca, la ropa doblada, muy doblada. Inteligente, creativo e inseguro. Con la vista cansada, ojeras profundas y las manos ásperas por trabajar de “lo que venga” y sus tareas siempre a la perfección. Queen, The Rolling Stones y WilliamWallace. Es inventor, con cualquier objeto crea algo útil, encuentra algo en la calle y lo levanta para restaurarlo, esa es otra de las cosas que sacó de mamá. Sus historias son fantásticas: “No sabes lo que me pasó. Era de noche, caminaba hacia la parada de colectivo cuando mi sentido arácnido me avisó que me seguían. Giré la cabeza, lento, muy lento, no quería que supieran que los había descubierto. Los vi, eran ninjas, todos vestidos de negro, ni los ojos se les veían, conté quince, aunque creo que eran más de veinte. Me ajusté la mochila y empecé a correr, nunca corrí tan rápido en mi vida. El colectivero me vio, tocó la bocina, esas que no son solo ruido, son una canción y justo era de los Rolling. El colectivo disminuyó un poco la velocidad, no tanto, me abrió la puerta y yo salté adentro justo antes de que los ninjas me atraparan. Caí dando una vuelta. El colectivero me preguntó si estaba bien, yo nunca antes había estado mejor”. La historia real es que caminaba, dos hombres lo seguían, él pensó que era para robarle, justo pasaba el colectivo que se tenía que tomar, llegó a la parada y se subió. Sí, sus historias son fantásticas, las mías solo se remiten a los hechos y muchas veces quisiera que fueran más como las de él. Bueno y generoso, también en eso quisiera parecerme. No le gusta que lo ayuden, en nada, aunque lo necesite. Lo molestamos con que es “el hombre que no se deja ayudar”, pero después del partido de los Pumas, de la publicidad, me di cuenta de que él es un hombre que cuida.

#hombrequecuida







jueves, 26 de febrero de 2015

Entre palabras


Elena sabía lo que Julia estaba pensando. Elena sabía, Julia no lo ignoraba, pero no le gustaba hablar del tema, ya lo habían intentado y siempre terminaba en gritos, portazos y silencios que duraban varios días. Silencios entre ellas porque a Miguel lo torturaban contándole cada detalle de la pelea. Cada vez que escuchaba una versión de la historia se rascaba la cabeza y decía que se iba a encargar del asunto. Nunca lo hacía, al menos eso era lo que ellas pensaban. Solo estaban de acuerdo en que Miguel era un idiota y cuando recordaban que tenían eso en común, volvían a conversar. Elena cocinaba, Julia, sentada en la mesa de la cocina, apretaba una y otra vez el botón de una lapicera, Elena, de a ratos, cerraba los ojos, respiraba hondo y negaba con la cabeza. Elena sabía lo que Julia estaba pensando. Esperó, sabía que tenía que esperar a que Julia le hablara, ella era así, tenía sus tiempos para hablar. Elena no, hablaba en cualquier momento y siempre decía lo impropio de la impulsividad de hablar, pero respetaba los silencios de Julia. Ahora contó las 34 veces que Julia apretó el botón de la lapicera, Elena volvió a cerrar los ojos. Julia se levantó de la silla, dejó la lapicera en la mesa, se acercó a Elena y habló. Elena la escuchó, pero no giró. Julia apoyó la mano sobre el hombro de Elena y le dijo que Miguel era un idiota, Elena giró, le tomó la mano y la llevó de nuevo hacia la mesa. Se sentaron.
Elena: ¿Qué hizo ahora mi hijo?

Julia lloró. No le gustaba llorar delante de nadie, menos de Elena, pero eso siempre las amigaba. No habló, no le salían las palabras. Tomó una de las servilletas que había en la mesa y se sonó la nariz. Elena, que todavía sostenía la mano de Julia, la acarició, mientras se mordía la lengua para no hablar. Julia se secó las lágrimas con la misma servilleta con que se había sonado la nariz, la dejó sobre la mesa y miró los ojos verdes de Elena. Siempre le había impresionado el color de esos ojos. Elena soltó la mano y le acarició la mejilla. Julia volvió a llorar, se tapó la cara con las dos manos. Elena le sacó las manos, le alcanzó otra servilleta y esperó a que Julia se sonara la nariz para decirle: “Los hombres son así, van a buscar placer en otro lado y las esposas nos tenemos que aguantar”. Elena sabía, Julia también.    

lunes, 26 de enero de 2015

A escondidas



Hacía mucho calor y la odiaba. El calor era soportable, ella no, nunca lo había sido. Con el tiempo se fue preguntando por qué se había casado con ella, aunque no podría no haberlo hecho porque nunca lograba decirle que no. Quizás la odiaba por eso, ella siempre tenía la razón, o eso era lo que le hacía creer. Él se lo creía. A veces no le importaba, la mayoría de las veces sí. La odiaba tanto que ya no le bastaba con solo odiarla, quería verla sufrir, disfrutaba cuando estaba callada, cuando caminaba con la mirada hacia abajo, los hombros encogidos y el pelo alborotado, cuando la escuchaba llorar a escondidas. Eso era lo que más disfrutaba, escucharla llorar a escondidas. Verla llorar le daba lástima, escucharla era otra cosa. Apenas se sentían los gemidos detrás de la puerta del baño, muchas veces le daba la impresión que se tapaba la boca con una toalla, no lo sabía con certeza. Al rato, el ruido del agua, después salía con los ojos vidriosos y las pestañas húmedas formaban una estrella alrededor de los ojos. Era hermosa, solo después de escucharla llorar él volvía a amarla. Al menos por un rato. Más tarde volvía a odiarla, como todos los días. También odiaba verla desnuda. Sucedía pocas veces, pero sucedía, sobre todo cuando ella se bañaba temprano por la mañana, él se hacía el dormido mientras ella se ponía la crema. Siempre empezaba por las piernas, seguía por los muslos, la cola, la panza, las tetas y, para terminar, los brazos, él miraba con los ojos entrecerrados. Le gustaba cómo se mezclaba el olor de la crema con el silencio del amanecer. Ella no se daba cuenta de que él la miraba, al menos él pensaba que no era así. La amaba, otra vez la amaba, aunque en el momento en que comenzaba a ponerse la ropa, él cerraba los ojos y volvía a odiarla.