Mostrando entradas con la etiqueta cuento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cuento. Mostrar todas las entradas

martes, 2 de mayo de 2017

¡Ostias, que Jero de nueve!




Dale, le grita al que está atrás y le señala dónde tiene que pararse. Dale, te dije que dale y ahora mira al que tiene al lado y con los cuatro dedos le indica que se acerque, después gira, de nuevo hacia atrás y grita, otra vez grita y los insulta como espera que también hagan con él para darle fuerza cuando solo queda el cansancio. Allá. Hay que ir allá y señala. ¡Te dije que allá! Grita de nuevo, con garra, y la cara está roja y la voz se le parte y le tiemblan los brazos, las manos, los dedos, los callos, las uñas, le tiembla todo. Está listo para el tacle o para pasarla o para mandarse, ya esperó demasiado, sí que esperó, y ahora está listo para hacer lo que su padre le dijo que tenía que hacer: jugar siete puntos, hacer todo bien y arriesgar una, solo una. Hay que recuperar la pelota porque se acaba, vos ¿me escuchaste? hay que recuperarla, como sea y le golpea la espalda al número ocho y abre los brazos y le grita al árbitro que no cobró o no quiso cobrar. Hay que recuperarla y ahora se lo repite para él. Ojo acá, ojo por la izquierda. Y no la pierde Liceo, increíble, pero no la pierde y JeroBerruezo, grita, pero no se desespera. 
Son las trece horas, quince minutos y cuarenta segundos de un domingo de mayo, que empezó diez meses atrás, cuando llegó a Barcelona, cuando llegó al club L´Hospitalet, cuando a los veintiséis años firmó su primer contrato como jugador profesional de rugby. Son las trece horas y quince minutos del segundo tiempo del partido de vuelta de los playoff y si pierden se vuelven en silencio, golpeados, sin lágrimas, porque son rugbiers, de esos hombres a los que taclean, a los que cada domingo les duelen los brazos, el pecho y los golpes, pero nunca lloran. Son las trece horas, quince minutos y cuarenta segundos cuando el técnico mira el tanteador, pierden quince a cero y la tribuna pide al otro medio scrum, ese que aún cansado, no se rinde, ostias, que pongan a Berruezo, y que todo el juego del equipo pase por las manos de ese medio, ostias, que Jero de nueve, ese al que le tiembla el cuerpo, pero nunca la mirada, porque su objetivo es ganar, es pasar a semifinales, y si lo pasan de medio scrum entonces van a ganar y van a pasar a semis, lo piden al número catorce, a ese jugador que está furioso porque el técnico no confía en él, lo piden a ese, a Jero Berruezo.

Esa mañana se vendó las muñecas, con cuidado. Se puso las calzas, la remera térmica y las medias que preparó la noche anterior. No se afeitó ni lo pensaba hacer, porque para el partido de ida no lo hizo y ahora, por cábala, ya no puede. Esa mañana, miró el número en su camiseta, el catorce, y dijo catorce en voz alta. Miró su cara en el espejo y repitió catorce, igual que uno de esos gritos que iba a dar durante el partido y golpeó la sien con el índice, el mismo gesto que también iba a usar cuando ya no quedara cuerpo que aguantara, cuando solo pudiera pensar.
 
El equipo no logra robar la pelota en el line, pero la van a recuperar unos minutos después de un choque y otro y de que el equipo avance y de que el equipo golpee y los golpeen y en una complicadísima jugada, abajo, terminan por recuperar la pelota. Y, ¿eso qué fue? Grita el rival. Una nueva salida, una nueva oportunidad para volver a jugar, para asegurar la pelota. Jero Berruezo, a pura habilidad, como en el jardín de su casa, esa habilidad que a los siete, a los diez, a los trece, a los quince tuvo que trabajar para ganarle muy pocas veces a su hermano mayor y tantas otras más para ganarle al más chico. Un cambio de paso y se aferra a la pelota con sus brazos, con su cuerpo mientras el rival queda atrás y ahora sí la pasa. Berruezo, con autoridad, la pasa, aunque su equipo no va a ganar, aunque increíblemente va a ser try, va a ser try de Hospitalet, va a ser try de todo un equipo que empuja, de ese medio que no se calla nada, porque prefiere la verdad a disfrazar una mentira. Y Berruezo, les pide un poquito más a los forward, solo un poco más y el argentino, logra que ese equipo que perdía, que esos catorce hombres levanten la cabeza, que choquen al rival una y otra vez y confíen y así transforma cada golpe en fortaleza. Va a ser try y ahora hay que aguantar, hay que gritar más fuerte, hay que correr aunque duelan las piernas, aunque le sangre la rodilla y los dedos, aunque ya no tenga voz, hay que resistir para volver a anotar.
Son las trece horas, treinta y cuatro minutos y doce segundos y el tiempo se termina y el árbitro prepara el silbato y el equipo no se desespera porque Jero Berruezo les dice que es la última, que en esta lo dan vuelta y la hinchada grita y Jero grita y el silbato no termina el partido, el silbato es por un golpe, es por el último penal a los palos que va patear David Jorge, en ese último minuto, con los ochenta ya cumplidos, a las trece horas, treinta y cinco minutos y cuatro segundos. Jero mastica sus dedos, las uñas que ya son carne y le golpea la cabeza a David Jorge, que ahí va, que acomoda la pelota, camina hacia atrás, se agacha, la mide, mira hacia adelante, de vuelta a la pelota, los primeros pasos, la patada, la patada de David Jorge que va adentro. Adentro. Adentro. Diez a quince, diez a quince. Y Hospi grita y Hospi salta y Hopi festeja, porque no ganaron, pero ese diez a quince les dio la clasificación, el resultado buscado, con ese partido y el anterior clasificaron, después de quince años, a semifinales.
Y se acabó el partido y Hospitalet está en semis y Berruezo lo ganó con esa mística que es difícil de explicar. Son tan pocos los equipos que pueden dar vuelta un partido, son tan pocos esos equipos que se olvidan de ser conservadores y van hacia adelante, son tan pocos y Hospi y Jero Berruezo ganaron, en la última jugada ganaron.


viernes, 6 de enero de 2017

Ausente



Él estaba como ausente y yo le hablaba, miré sus ojos perdidos en el plato, en los cubiertos mal cruzados, en la servilleta hecha un bollo, en su dedo con un poco de puré. Él estaba en otro lado, quizás con otra mujer que lo hiciera más feliz, que no le hablara todo el tiempo ni que le reprimiera por sus fracasos, que le sonriera cada mañana o que le diera, antes de dormir, un beso de buenas noches. Él estaba enfermo de mí, de mis rulos despeinados, de mis pelos en la almohada, en la rejilla del baño, en su ropa y yo sabía que él quería escapar, levantarse una mañana, dejar las llaves del lado de adentro, cerrar la puerta y no volver a escuchar mi voz aguda en cada silencio. Quizás no era yo la que le hablaba ni él el que estaba como ausente. Él no me dio el beso de buenas noches, yo tampoco lo hice y la mañana siguiente agarré las llaves, cerré la puerta y no volví. 

martes, 27 de diciembre de 2016

Es Navidad y llueve


Con el viento se arrasaba todo mi dolor, igual que el alcohol limpió toda la maldad que había en la abuela, para volverse, sin quererlo y sin pensarlo nunca, otra vez en una niña. Habla con inocencia y sonríe, olvida cada momento, cada día y el pasado es su presente. Cualquier pregunta la confunde y ella disfraza el olvido con palabras que la confunden todavía más. Sueña y habla con su madre, la piel en sus manos es suave, demasiado suave, y persigo con mis dedos cada arruga, las piernas flacas, tanto que le cuesta mantenerse mucho tiempo de pie y los ojos tan claros, casi transparentes, y pienso que sí, que es cierto, que afuera es Navidad y llueve, que el alcohol y el pasado y el viento arrasaron con todo su dolor y también con el mío. 

martes, 1 de noviembre de 2016

A cualquier lugar


Camina, es de madrugada, le pesa el cuerpo, sobre todo esa mochila que no quiere cargar, levanta el brazo, también el pulgar y espera que algún auto o camión le abra la puerta, le ofrezca unos mates y lo lleve a algún lado, a cualquier lugar, no le importa cuál, y aunque se convence de que esa es la ruta que quiere seguir, preferiría estar acompañado. Camina descalzo, errante, la suciedad de sus pies anchos envueltos en tierra y espera estar en el desierto donde nadie pueda molestarlo porque, a pesar de ser bienvenido en cualquier lugar, ninguna casa es su casa. Levanta una tienda para que pueda entrar quien quiera, por hospitalidad, por locura, para ayudar y ser ayudado y la ventaja de la tienda, la suya, es que puede irse en cualquier momento. Le dice que “no” a los teléfonos, a los compromisos, a la rutina, al trabajo, a la iglesia, pero no puede sostenerlo y trabaja de lo que venga para sobrevivir al menos ese día, con suerte varios días y se enoja, porque no comparte ese estilo de vida y se cansa de los mismos lugares y de las mismas personas y camina, otra vez con la mochila en la espalda, y se aleja. Rechaza lo propio, las pertenencias y que las puertas estén cerradas o que tengan llaves o candados. En las personas busca bondad y compartir algunas cervezas, quizás también emborracharse en soledad y se escapa de cualquier signo de normalidad o de egoísmo. Él quiere sorprender y por azar encontrar gentileza, otras veces, sonrisas y se desespera cuando solo encuentra oscuridad y silencios, con lo que nadie quiere afrontar y siente miedo y camina rápido, cada vez más rápido y finge distracción, pero está ahí, huye, con la mirada cansada y triste. Durante el día se aburre, es el horario en el que a la gente le resulta fácil criticar o juzgar y sufre porque quiere brindarse más, incluso a quienes no lo merecen, pero nadie lo mira y él llama la atención, habla y habla y grita y ruega que lo escuchen y nadie lo ve y su voz y sus historias se apagan. Sin paredes, con anécdotas, sabe que va a morir, dentro de mucho, pero no falta tanto, porque no es capaz de soportar tanta indiferencia. Piensa que la bondad es coraje, la servicialidad, valentía. No cree en Dios, creen en los afectos. Inteligente, emocional y analítico, el pelo rubio, los ojos celestes, a veces grises, y la mirada dispersa. Con lucidez miente sus propias verdades hasta creerlas y se olvidó de decirle a su madre que la quiere, a su padre que lo respeta, a sus hermanos que son su mayor influencia, a todos, lo que quiere ser y a él, repetirse una y otra vez, aquello en lo que no quiere convertirse o resignar, y no le importa tanta mierda mientras tenga un vaso de cerveza en la mano. Ese genio que nunca quiso ser porque no le interesa conquistar ningún rincón, tampoco nació para demostrarle nada a nadie, porque en su peor momento solo muy pocos le demostraron por qué tenía que levantarse de la cama. Se escapa, quiere volver a ser el niño alegre que saltaba en el jardín de su casa, que no sentía frío y que no toleraba perder, complacer a los demás y ser perfecto, ese niño bueno que siempre fue, el que todos esperan, el que ya no es. Borracho de odio que no puede llegar a sentir, incómodo y al pie de la intolerancia, ya no exige ningún tipo de atención. Sigue el humo con la mirada, los ojos rojos, se reclina en la silla, se arroja contra la barra, está en paz y se piensa feliz, sin reclamos. Mira su entorno, a los conocidos de siempre y para muchos él ya no es tan conocido y ve lo que nadie quiere ver, pero no puede expresarlo porque lo que está tan cerca no le permite palabras, y se recuerda niño, con una pelota y una sonrisa, pero lo que está tan lejos es un adorno que le genera demasiado vacío. Vive el presente y lee a Bukowski, escucha a Bob Dylan, también electrónica, y la música le rompe los tímpanos y baila y salta y vuelve a bailar y mira las estrellas, les habla para que no lo olviden, ya es de madrugada y un rugido en el medio de la noche despierta a los vecinos. Apaga las luces. Ya siente el mar y el viento en la cara. Ese grito le costó la voz, quizás también algunas lágrimas, porque ya no es un niño ni el adulto que muchos exigen, ya no tiene casa ni hogar, solo tiene una tienda, hospitalidad, recuerdos, algunos libros, sus cuadernos y una mochila, que va a volver a cargar, para abandonar la ciudad, no para siempre, abandonarla un poco y quizás, algún día, volver.

viernes, 15 de julio de 2016

Retrato de Zahra




Un año en el extranjero, un par de valijas, exceso de equipaje y no quiere pagarlo, pero no le queda otra y no sabe si quiere irse o quedarse, porque tiene que volver a la universidad, convertirse en abogada y abrazar a sus padres y pedirles perdón por no haberlos entendido o acompañado, incluso aunque ella solo fuera una niña. Tiene que irse porque no le gustan los cambios de planes, mucho menos rendirse, pero está muy feliz con su rutina y aunque estuvo en muchas partes del mundo y está cansada porque quisiera estar en su casa, después de tanto tiempo ya no recuerda cuál es su casa porque la tuvo en distintas personas y en distintos países. Mira a la gente y a los lugares con los ojos grandes, casi negros, curiosos, los que esperan encontrarlo todo, y habla en cada silencio, porque de chica le dijeron que era de mala educación no hablar, por eso prefiere escuchar porque solo de esa forma funciona su “don” de leer a las personas como si las conociera de toda la vida y sabe a qué le temen, en qué son inseguros, cuáles son sus fortalezas, sus debilidades y las apoya para que luchen por sus sueños y entiende sin juzgar y ayuda sin pedir. Se esfuerza por hablar en argentino y después de unos días pregunta si le sale mejor, aunque se frustra cuando le dicen que su tonada es más parecida a la colombiana. Sus frases prohibidas son “no puedo” y “tengo miedo”, no porque no quisiera admitirlo, sino porque ni siquiera se le ocurre pensarlo, pero sabe, al contrario, que su determinación y fortaleza inspiran miedo. Cocina para sus amigos y sigue la cadencia de la música, mueve los hombros, se agarra el pelo, la cadera y las piernas al ritmo de “bailar, bailar, bailar” de Jorge Drexler, una copa de vino o dos o tres, quizás toda la botella, y cierra los ojos y sigue la música, aunque en seguida va a buscar otro tema para bailar y escucha una y otra vez las mismas canciones mientras revuelve las verduras, agrega el ajo, las especias y se siente viva y loca, sobre todo en aquellas ciudades donde la gente es mucho más seria. Muy apegada al rigor de las normas, a la perfección y la obligatoriedad de las reglas, porque las reglas de los juegos están para cumplirse, para hacerlos más divertidos y para que gane el mejor y ella, concentrada y competitiva, en todo quiere ser la mejor y quiere ganar, siempre. Inquieta, sin botón de off, salvo cuando tiene resaca y quiere seguir, pero no puede y habla suave y lento mientras se le cierran los ojos. De a ratos, insegura, sobre todo con los hombres, porque no tienen la valentía de enfrentarla y ella, no tiene la paciencia suficiente para dejar que las cosas pasen. Feliz, siempre feliz y de incontrolable torpeza cuando está borracha. Carga sobre los hombros la necesidad de ser la hija perfecta y sabe que su papá es su mayor influencia y que va a tener que tener mucha paciencia para no levantar la voz ni discutir por cualquier cosa y su mamá es alguien a quien quiere, con desesperación, entender, sobre todo después del divorcio y de culparla y quiere estar ahí para ella, con todo, pero se vuelven frías y distantes porque no quieren demostrar de más y ella se pregunta “¿por qué no me permito sentir?” y se esfuerza por llorar, por parecer más humana, aunque le duele y no lo demuestra, hasta que la sonrisa y el sollozo son lo mismo y se tapa la cara con las manos, sus dedos mojados en lágrimas y dice que está fea, muy fea y le da vergüenza porque no puede tolerar que alguien pudiera pensar que ella es débil y ríe con fuerza para terminar con el llanto y pasar, al menos, a otro tema. Siempre en movimiento, rebelde y libre en la adolescencia. Mira las valijas, en unos minutos va a llegar el taxi y recorre el departamento con la mirada: la casa vieja y sucia, de platos sin lavar y más envases de cervezas que comida, en la que vivió con cinco hombres, dos que ya se fueron y los otros a esa hora trabajan y le hubiese gustado que sus amigos estuvieran para despedirla, pero no se los dijo y tampoco lo admite porque no le gustan las despedidas. En el balcón, el frío es intenso y ella igual sonríe. Nunca imaginó vivir así, en ese departamento tan deprimente con gente que la hizo tan feliz. Aprieta los ojos, respira la helada, se abraza con fuerza, ese abrazo es su “adiós”, su manera de estar en el presente y de prepararse para lo que viene. Suena el timbre, le hubiese gustado fumarse un cigarrillo, despacio abre los ojos, otra vez respira frío y no le importa sentirlo ni en la cara ni en las manos porque prefiere congelarse a que el taxista la vea llorar. Mira las valijas, se pone la campera, deja las llaves adentro y cierra la puerta: no importa el exceso de equipaje, está segura de que va a volver.




“When someone loves you, you feel it, you know it without words. They are there when you need them, when you are at your lowest... they accept you for who you are and they don’t judge you or punish you for it... All they need to be...is there”.

martes, 10 de mayo de 2016

Aquello que no se dice


Hace poco escuché a una mujer que contaba que su madre había muerto y que, desde ese momento, tiene la necesidad de ser tocada, de sentir otro cuerpo, una mano en su cara, un abrazo, algunos susurros, otras personas. Desesperación. Quizás alguien que le mienta, que le diga que la quiere, que es especial, que van a estar siempre juntos y que todo va a estar bien. No le importa que no sea cierto, ni siquiera es lo que ella quiere, pero le gustan esas mentiras y le gusta fingir que las cree. Fingió con tantas otras cosas, por qué no lo haría con eso. Pero ella, a sus amantes, no les dice nada, los mira en silencio, a veces les sonríe sin mostrar los dientes, porque esa sonrisa es solo para sus hijos. Le gusta tratar a los hombres igual que a la literatura, lo importante es aquello que no se dice. Un abismo. Porque lo que se menciona, se naturaliza. Después de su segundo libro, su hermano y algunos amigos dejaron de hablarle, muchos la juzgaron, otros solo no la entienden. Ella decidió dejar de correr atrás del rumor, ya no da explicaciones, como tampoco se ocupa de lo que el resto piense de ella. Que sea lo que sea y digan lo que quieran, porque nadie está exento de la crítica. Sabe que es mucho más difícil encontrar personas que de la nada digan algo bueno, que abracen sin que se los pidan, que escuchen sin atacar, que pidan perdón, que digan gracias, que sonrían, porque, por lo general, es más fácil encontrar a alguien que juzgue, que critique o que esté a la defensiva. Le da pánico convertirse en alguien que no saben lo que quiere o, mucho peor, que sabe lo que quiere, pero se pone demasiadas excusas para conseguirlo. Ella quería ser editora, conocida y exitosa, igual que su madre. No lo logró. La editorial que había fundado terminó en la quiebra, desempleada y sin novio, tal vez algún amante ocasional, nunca se le había pasado por la cabeza escribir, hasta que su madre murió y, con la muerte, perdió la vergüenza y encontró su voz. Cuantas cosas no hubiera dicho si su madre todavía estuviera viva. Lo intentó y lo hizo. Le gusta observar a las personas cuando buscan espacios para escapar un poco de la realidad: cuando toman alcohol o fuman, cuando están en bares o boliches, cuando se abrazan o se dan algún beso. Es fanática de Messi, de ir a la cancha y se sienta en la tribuna y ve pasar la vida. Esos 90 minutos llenos de adrenalina, igual que el sexo o la comida, solo instantes en los que se siente realmente viva. Prefiere reír que llorar y nunca se toma las cosas tan en serio, a pesar de que los padres de sus hijos se lo criticaran, aunque para ella fuera innegociable, porque es el legado más grande que le dejó su madre. 

lunes, 4 de abril de 2016

Entrevista a Hernán Casciari




Radicado definitivamente en la Argentina, el escritor y creador del blog Orsai, escritor de la obra “Más respeto que soy tu madre” que hace años representa Antonio Gasalla, hace radio una vez por semana en “Perrosde la Calle” con Andy Kusnetzoff y está haciendo “Obra en construcción”, una lectura de cuentos en vivo con actores, músicos, su madre, amigos y parientes en escena.

Después de 15 años de vivir en España ¿Ya estás radicado definitivamente en la Argentina?
Hace tres meses, que estoy acá. Me separé hace cuatro meses de mi ex mujer y me vine. Mi hija vive allá y arreglamos para vernos cada mes y medio.

¿Cómo tomaste la decisión de irte para allá?
No lo decidí. Gané un concurso de cuentos en Francia y cuando fui a recibir el premio, conocí una Catalana y me quedé. No fue una decisión meditada, de hecho acá tenía laburo y allá durante los dos primeros años estuve en negro porque no tenía ni papeles. Con el tiempo empecé a extrañar mucho, pero ya tenía una hija. Me costó muchos años volver.

¿Cómo fue que empezaste a escribir?
Mi viejo tenía una máquina, una máquina Olivetti viejísima, yo tenía dos o tres años y me alucinaba el mecanismo, me gustaba más que mis propios juguetes. Le pedí a mi viejo que me enseñara a usarla y él interpretó que me gustaba escribir, entonces me enseñó, empecé primer grado ya escribiendo muy bien y a máquina. A los 12 años empecé a trabajar en el diario de Mercedes haciendo crónicas deportivas, ganaba guita por escribir y me pareció divertido. Después empecé a hacer revistas en la escuela y no terminé el secundario para poder hacer más revistas. Me gusta mucho la imprenta y la distribución de medios. Me gusta todo el engranaje, de hecho a mis libros los trabajo absolutamente yo. No me gusta delegar eso. Escribir es algo más entre una bocha de cosas buenísimas que tiene comunicar.

¿Cuándo empezaste a escribir ficción?
Cuando empecé a escribir. Al principio los trabajos que conseguía de escritura eran en un diario y fingía que era periodista y empecé a inventar a los entrevistados para poder jugar a que estaba escribiendo cuentos. A los 19 fundé una revista que se llamó “La ventana de Mercedes” y las entrevistas que publicaba eran completamente falsas: a ladrones, a violadores, a astrólogos, que no existían. Las viejas del pueblo creían que eran reales, la otra mitad compartía códigos y entendía que todo era surrealista, pero se generaba mucha confusión. Empecé a jugar así. Después, internet me vino en bandeja para poder mentir, aunque yo ya había practicado bastante.

¿Cómo es tu proceso o cuáles son tus hábitos de escritura?
Los tenía, pero hace tres meses tuve un infarto y tuve que dejar todos los hábitos que tenía. Absolutamente noctámbulo, en la casa todos duermen, caos mental, un escritorio muy desarmado, rituales de humo, tabaquismo, el porro, cosas que ya no hago más, pero que hice durante los últimos 30 años. Desde hace tres meses esos hábitos cambiaron, igual que mi forma de escribir.

¿Cuán difícil te resultó cambiar esos hábitos?
El médico me dijo que no podía hacer más determinadas cosas y resultaron ser las únicas que hacía. En ese momento estaba en medio de ese proceso culpógeno por estar volviendo a la Argentina y una de las cosas que no podía hacer era tomar aviones. No podía volver a España, no era “no me quiero volver”, era “ya no puedo volver”. Me puse muy contento, el médico me estaba obligando a quedarme acá. Estoy tan contento de estar acá que no me costó nada. El infarto me ayudó a acomodar la cabeza.

Dijiste que “si hubieses tenido que elegir el peor momento para morir hubiera sido ese” ¿por qué?
El infarto me agarra en Uruguay, en una casa de campo en Montevideo, alejadísima de la ciudad, un domingo, en un lugar en el que no tenés obra social y la avenida que unía ese barrio con un hospital estaba atiborrada de gente de Peñarol que había salido campeón. Los anfitriones de la casa me subieron a un auto para llevarme al hospital que quedaba a 20 minutos de ahí, pero con ese tráfico podía ser una hora. Apenas salimos, el que me llevaba encuentra un patrullero y le dice “llevo un infartado” y el patrullero empieza a sonar la sirena, la gente se abría y nos hacía camino. A las seis cuadras otro patrullero y ya eran dos. Durante ese viaje pensaba en que me estaba muriendo, era consciente de que tenía que hacer fuerza para respirar, se me bajó la presión, sentía que me iba a desmayar, pero si me desmayaba no tenía la fuerza para seguir respirando y la quedaba ahí. Traté de no pensar mucho, de no sentir la emoción de estar muriendo, porque estar muriendo es un momento importante en la vida. No quería morirme y que apareciera la frase “murió de camino al hospital, casi llega”. Me salvaron de pedo.
El infarto me ordenó la vida, me sirvió de excusa y no solo para quedarme: estar vivo, estar acá, poder escribir, hacer un unipersonal en el teatro, es una yapa, es seguir jugando.

¿Cuál es tu mayor fracaso literario?
Desde hace 14 años escribo una vez por semana para el blog. Es imposible fracasar. Pero antes del Orsai, todo lo que escribí es un fracaso, de los 17 a los 32, cerca de diez mil páginas, todo inservible. Pensaba que ser escritor era ser inteligente, cagar más alto que el culo, ser prestigioso, usar polera negra, fumar en pipa, quería el rótulo, una mentira, un vago, porque en ese momento yo no estaba escribiendo, quería haber sido escritor. Lo único que siempre me salió bien eran las mentiras en el diario para que se lo creyeran las viejas del pueblo, ese sí era yo. Cuando dejé de querer ser escritor, me empecé a divertir, apareció internet y le empecé a escribir a la gente de Mercedes en una plataforma gigantesca. Me di cuenta de que mi voz era esa voz pelotuda. Escribo sobre las boludeces que sé, sobre la gente que conozco, sobre mis amigos y eso me pasó cuando creí que ya no podía ser escritor.

¿Cómo se generó el proyecto de “Una obra en construcción”?
Pergollini me invitó a leer cuentos en la radio, primero muy mal, después le encontré la vuelta, me bajé un programa de audio y a editar. Empecé a gustar leer mis cuentos, a la gente le gustaba, se reían y el año pasado un director me ofreció hacerlo en teatro. Hay cuentos en los que mi vieja participa, antes la imitaba yo, ahora lo hace ella, casi siempre me caga a pedos, me gritaba y lo hace igual que cuando era chico. También enrolla un diario y me pega.

¿Cuál podrías decir que es tu pasión?
Comunicar. Pensar en algo y que le llegue a la gente. Cuando a los 12 años escribía crónicas de básquet, la entregaba los viernes a la tarde y salía los sábados. La escribía en mi máquina, caminaba las cuatro cuadras con mi hoja hasta el diario, entregaba, veía como esa carilla pasaba a una plancha, el rodillo, la distribución, después te llevaban los diarios en bicis, tocaban el timbre y veía cómo pasaba por debajo de la puerta, mi abuela Chola lo abría, buscábamos lo mío y eso que había escrito el viernes a la tarde estaba en todas las casas del pueblo con mi nombre y mi apellido. Para mí eso era magia y lo sigue siendo.  


Entrevista publicada en la Revista Fuera de Hora, no dejes de buscarla. Es gratis!

lunes, 11 de enero de 2016

Primer síntoma



Usted ya sabe quién soy, imagino que también sabe el motivo de mi carta y solo le pido que se tome unos minutos para leerme. En el transcurso de estos meses varias personas se acercaron a preguntarme por qué fui tan determinante al dejar al hombre con el que me casé. Seis meses, ese fue el tiempo que estuvimos casados ¿Por qué tomé esa decisión que para algunos fue tan apresurada? ¿Podía conformarme? ¿Cuáles fueron mis respuestas? Ahora no las recuerdo, fueron muchas, todas distintas. Algunas coincidían, otras se traicionaban y hasta yo me olvidé por qué lo nuestro, lo mío con él, no funcionó. Pedí ayuda, muchas veces. Pero ¿qué tipo de ayuda podían o podíamos darnos? Yo quería estar mejor, él también lo quería para mí, aunque no lo sabía porque para él no pasaba nada. Sí, era eso, quería estar mejor.
A usted le llegaron comentarios acerca de mi persona, lo sé, y también sé que le dijeron todo lo que “le hice” a él. Yo lo elegí, él también a mí y pensé que esa elección sería por mucho tiempo ¿Me preguntará si creo en el amor para toda la vida? Quizás se lo pueda responder más adelante. Por el momento, ni siquiera le puedo decir cuándo dejé de amarlo y ojalá no me hubiese pasado. Amar a alguien no es fácil, dejar de hacerlo, mucho menos. Olvidamos sonreírnos, compartir y nos dejamos de a poco. No pudimos hacer nada para frenar eso. Lo intentamos, créame que sí. Quería que funcionara, mirarlo como al principio, con admiración. Hicimos todo lo que pudimos, el uno por el otro, y no fue suficiente para seguir juntos. Lo hablamos muchas veces, pero no pudimos resolverlo. Insisto en que hubiese sido mucho más fácil no tener que irme de mi casa, no saber dónde vivir, no saber si me iba a alcanzar la plata, dejarle todo, incluso nuestro perro. Lo peor es que no discutíamos, no es que me fuera con alguien y jamás le fui infiel. Quería recuperar mi soledad, mis silencios y, para qué mentirle, dejé de amarlo. ¿Cuál es el momento exacto en el que se deja de amar? ¿Se puede predecir? ¿Se puede hacer algo para evitar que eso suceda o hay que conformarse y seguir y tener hijos y vivir por más de treinta años con la misma persona hasta ya no saber si solo están juntos porque se acompañaron el resto de sus vidas? “No sé si lo amo, nos queremos, nos queremos mucho y nos necesitamos”, respondería al cabo de tanto tiempo, “es el hombre de mi vida” y sería verdad. Entonces, cuando él muriera quizás sentiría alivio, aunque sabría que ya no tendría en qué ocupar mi tiempo como así tampoco mis quejas. Ni mis hijos ni mis nietos estarían disponibles para mí, les pediría que me llamaran, que me visiten y ellos lo sentirían como una obligación y yo, de todos modos, estaría sola. Durante las noches silenciosas leería hasta dormirme, sin que él se enojara por la luz que yo dejaba encendida, dormiría tarde y me levantaría muy temprano. Lo extrañaría por no poder enojarme porque él, de seguro, quisiera dormir un rato más, hasta que se levantara y hable y hable y hable más. Yo le diría que se callara la boca y que fuera a hacer las compras y él me contestaría que nunca sabe qué comprar y para no discutir iría yo y él querría acompañarme y yo me enojaría aún más porque querría que lo hiciera él sin tener que depender tanto de mí. Después de su muerte estaría tan sola que lo lamentaría. Pensaría en que no hubiese cambiado nada. Me mentiría a mí misma porque sabría que si hubiese tenido la valentía de decirle que ya no lo amaba, lo hubiese dejado y mi vejez sería otra. Quizás con otro hombre sentiría lo mismo, que lo quiero, lo quiero mucho y nos necesitamos. Pienso que quizás sí lo podría amar y mucho.
Quizás se pregunte por qué le explico todo esto ya que no me conoce. Justamente, se lo cuento porque usted armó un juicio de valor sobre mí sin conocerme, habló sobre mí con personas que tampoco me conocen, pero no nos preguntó ni a él ni a mí. Lo entiendo ¿Qué va a pensar de la mujer que deja a un hombre de la noche a la mañana? De seguro cree que tendría que haberle dado otra oportunidad, que los tiempos difíciles son solo eso, momentos de crisis y que hay que esperar por los tiempos mejores. Esos momentos en los que, después de buscarlos con desesperación, renace el amor y la felicidad. Pero ¿usted podría prometerme que al cabo de un tiempo no sentiría que me faltara algo y trataría de encontrar eso que no está pero que no sé qué es? Abriría las alacenas, los cajones, los armarios, revisaría en cada bolsillo, en todas las carteras, no sabría qué buscar, tendría ganas de llorar y no lo haría porque no sabría por qué. Me haría un té o café o mate para poder pensar con tranquilidad. La casa estaría en orden, igual que su ropa, la mía no, estaría desparramada en una silla, como siempre. Quizás tendríamos hijos y yo estaría por buscarlos en la escuela, antes dejaría la merienda lista en la mesa para que al llegar se sentaran e hicieran la tarea. Sería en ese momento, que lo entendería, que no tuve la valentía de irme cuando tuve la oportunidad. En ese momento dejar todo atrás sería mucho más difícil. No podría escapar como a los ocho que corrí por toda la escuela y me escondí en el baño para que un niño no me besara. Pensé cada detalle, al principio no lo podía entender, hasta que recordé ese día que volvía a casa en el colectivo, leía, no sé qué libro aunque me gustaría recordarlo. No escuchaba el murmullo de la gente, me detuve en una frase “todos los amores se desgastan […] hay quienes se acostumbran a ese horror cotidiano y su felicidad está en negarlo. Otros huimos ante el primer síntoma”. Leí varias veces las mismas líneas y las repetí hasta memorizarlas. No podía compartir mi felicidad con él, él no me entendía cuando yo le hablaba con pasión y yo no lo entendía a él en nada. ¿Huí ante el primer síntoma? ¿Fue lo mejor para los dos? Usted y yo sabemos que no existe una manera correcta de hacer las cosas, hay muchas formas de hacerlas mientras se hagan con honestidad. Nada de “tenemos que hablar”. Fui directa: “lo nuestro no funciona y no va a funcionar”. Él lloró en silencio. ¿Qué más se podía decir? En cuanto a mí, no lloré, ni tuve ganas de hacerlo. Miré cómo sus lágrimas mojaban el sillón, él no se las limpiaba con la manga del buzo como lo hubiera hecho yo. Él las dejaba caer. Sin pasión. Como si nada. Al sillón le quedaría una marca, no me importaba, yo no viviría más ahí y menos que menos me llevaría ese mueble que eligió la madre de él.

Creo que no es necesario agregar nada más, como así tampoco aclararle que yo siempre traté de dar y hacer lo mejor, como estoy segura que usted lo hace en su trabajo, en su vida, en sus relaciones, con usted mismo. Ojalá me hubiera dado la oportunidad de poder conversarlo y contarle esto personalmente. De cualquier manera ya se lo he dicho todo.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Entendí por qué volviste


“Esperemos, de Los Palmeras este es su tema preferido”. El termo está lleno, el repasador en las piernas, el mate preparado y todas las cumbias de nuestra adolescencia. Ellos se miran, sonríen, a veces en silencio y lo comparten todo. En un vivero, plantas, colores y no tardan en elegir un futuro juntos.

Entendí por qué volviste. Fuerte, alegre y seguro. Nos acostamos en el pasto a mirar el río, charlar de nada, de todo, algunos silencios, una cerveza fría. Competencia de saludos, afecto incuestionable, incluso de aquellas personas que no piensan como vos, pero con las que contás y con las que siempre te vas a sentir en deuda.

En el hall de un hotel, una charla de cinco minutos, esa voz que transmite paz y calma, a pesar de tener la mente atormentada y la mirada llena de lágrimas. A cada palabra un abrazo y la urgencia de encontrarnos más seguido.

Una familia perfecta, que la pelean todos los días, que ayudan de corazón, que sonríen y se enojan, se desafían, un gesto y entienden qué es lo que necesita el uno del otro. Hay ruido, películas de acción, Spiderman, el guasón que representó Jack Nicholson, en la cama siempre son tres aunque la piecita esté a un paso de la puerta. Juegan a ser superhéroes, luchan por sus sueños, con demasiada energía, esa que no da descanso, que deja sin aliento, que agota y los vuelve imperfectos y discuten y hay días que necesitan una pausa, porque están perdidos o no saben cómo pedir un abrazo en silencio, pero se miran, se aman y siguen juntos ante todo porque saben que no necesitan nada más. Se asustan por el paso del tiempo, se reflejan en un niño, lo bueno, lo malo, todo, son los mismos de antes, también tan distintos, pero ahora el miedo es más fuerte porque pueden perderlo o ganarlo todo.

Convivencia, la misma que tuvimos en calle Santiago del Estero y México, más tarde en Arenales, charlas, risas, un helado y después de tantos “abrígate” hoy lo hace sin que nadie se lo recuerde.
Tanta generosidad en cada abrazo, en cada sonrisa, en todos esos “te quiero”. Me hablaron de mí, incluso aquellos de los que no me acuerdo, de mi familia, del ejemplo que mamá y papá dejaban a cada uno de los que entraban en casa.

Volviste, a pesar de que ya no existe una casa, las familias perfectas son otras y estamos todos dispersos. En tantas amistades nuestro espejo. Sé que vos sentís lo mismo, ese recuerdo constante de lo que fuimos, de lo que permanece y de lo que siempre va a ser. Las miradas, la forma de hablar, los lugares y esas personas con las que el tiempo nunca pasa. Volviste porque supiste encontrar lo que perdimos, la mejor manera de estar juntos, de mantener vivos los valores de nuestra infancia y de recordarnos todos los días que somos lo más importante que tenemos. Pienso igual. Ahora entiendo por qué volviste.


¡Gracias a todos por tanto afecto. Gracias!

domingo, 25 de octubre de 2015

Alegría azul y oro




“Yo te sigo a todas partes, cada vez te quiero más”. Camina pesado aunque no lleve la mochila o el raquetero. Los ojos marrones, la mirada triste y, a veces, casi sin ver ¿cómo hace en la cancha para distinguir las jugadas, la pelota, el gol? Los escalones de dos en dos hasta encontrar el mejor lugar para ubicarse entre los hinchas. Las manos en los bolsillos, los hombros caídos y el cuerpo apenas inclinado hacia abajo mientras espera la entrada de los jugadores. Él y Tomi miran el hueco por el que algunas vez se colaron a la platea, hoy no, un policía lo custodia. Llega la barra y ahora sí: canta, grita, mueve el brazo, con todos, como todos, en esa fiesta que es la bombonera. Cada viernes, a las 12 del mediodía desde la compu, con Tomi se ponen de acuerdo, y a veces su hermano y su mamá también lo ayudan, para actualizar, actualizar y actualizar hasta tener la suerte de sacar la entrada. Para los socios adherentes no es fácil, pero después de tanto esfuerzo hoy está ahí. Los jugadores en la cancha, la pelota en el centro y el pitido inicial. Sonríe. Mira a Tomi que salta y canta igual que toda la popular, él también salta y canta, aunque no sabe cuándo empezó a hacerlo. Sonríe. Esa es su cara que más me gusta y sonríe y espera que en esos 90 minutos los jugadores le den una alegría. Cuando lo mira por la televisión, camina, se sienta, las manos en la cara, en el pelo, vuelve a caminar, les habla a los jugadores y putea, pero no los putea a ellos, se enoja con el árbitro, le grita por lo que cobró o se ríe incrédulo porque no puede creer lo mal que está dirigido el partido. Cuando habla de Boca lo hace rápido, casi sin respirar, después vuelve al silencio, pero solo para no cansarme con el tema. Se acuerda de todas las jugadas, los goles y los festejos y, aunque no le guste, también habla de los malos momentos del club, de las finales no ganadas, de los jugadores que se fueron y de los que están por venir. “Ese pibe es crack”, le dice a Tomi y señala a Cubas. Tomi asiente sin sacar la vista del partido. Rápido se lleva las dos manos a la cabeza, el arquero contrario ataja lo que podría haber sido el primer gol. Mira a los lados, la gente, las camisetas, el que siempre se trepa al alambrado. Se alegra de que esta vez no haya ido la gorda que siempre putea a los jugadores. Vuelve a mirar al que está colgado y piensa a cuántos partidos habrá ido y cuántas canchas conocerá. El “uhhh” de la tribuna lo devuelve al partido. Con Carlitos en el club la cosa es distinta. Le grita al árbitro, igual que el resto, porque eso que no cobró era penal. Termina el primer tiempo y todos se sientan rápido.    
En su casa a veces está muy lejos, de él, de mí, de todos. Las palabras justas, siempre muy atinado, honesto, directo y simple. No le gusta ostentar. Generoso. Admira a su hermano, en muchas cosas le gustaría parecerse, aunque también le gustaría que su hermano sea más despreocupado y libre, así, como él. A su papá se parece en lo callado y en el sentido del humor, a su mamá, no podría decir en qué se parecen, pero ella siempre dice que él era una campanita, inquieto, despierto, feliz. Con amigos siempre sonríe. Mediador, no le gustan los conflictos, alegre, una sonrisa que contagia y compañero de todos. Hablamos y somos felices. A la noche, solo, en silencio, a veces Los Simpsons, youtube, goles de Boca a River, quizás alguno de la Selección, pero no ahora porque están de mala racha y alguna de las películas de Harry Potter para dormir.
Mira hacia arriba y ve pasar un avión. Piensa en que le gustaría ver la cancha desde ahí, le encantan los despegues y los aterrizajes, al menos para mirarlos desde lejos. Melancólico. Los fideos, todos, con salsa, ají molido, crema, manteca, verdeo o los dedalitos en la sopa.
Otra vez los jugadores a la cancha. Sea como sea en el segundo tiempo hay que ganar. La voz cansada, el brazo hacia arriba y abajo o las manos en la cabeza, en los bolsillos o agarradas mientras ruega que llegue el gol. Oscurece, hace frío, pero él no lo siente. Nadie lo siente. Aliento incondicional “y dale alegría, alegría a mi corazón, lo único que te pido ganemos hoy”.    

La pelota le queda para Luciano Monzón, ahora la levanta para Carlos Tévez, la peinaba Tévez y éste es Calleri y éste es Calleri y encara, encara, encara, Tévez por el otro lado, sigue Calleri, sigue Calleri, Calleri, Tévez, Tévez, Tévez, cantalo, cantalo, cantalo, cantalo, cantalo, goooooooooooooool, goooooooooooool, goooooooool de Boca, de Boca, de Boca, de Tévez. Jugadón de Calleri, definición de Carlitos. Él y Tomi se abrazan con fuerza y vuelven a saltar y a cantar con todos. “Pongan huevo, los Xeneixes, pongan huevo y corazón, que esta hinchada, se merece, se merece ser campeón”. Grita, canta, la hinchada sigue y sigue y sigue hasta el pitido final. De nuevo los abrazos, se toca la barba y la comisura de los labios que le duelen de tanto reír. Suspira. Pensó que no ganaban, que volvería triste y que aunque no lo demostrara la amargura le duraría hasta el próximo partido. Sin dejar de sonreír se muerde el labio inferior, las manos en el pelo y niega con la cabeza y no quiere irse, nadie quiere hacerlo, pero todavía sin dejar de sonreír mira la cancha, los jugadores que se van, la 12, los bombos, el estadio, las camisetas y sabe que va a volver, aunque falten dos semanas, va a volver y cantar y sonreír en esos 90 minutos de alegría azul y oro. 


martes, 13 de octubre de 2015

La otra mujer



Nunca tuve la paciencia suficiente para escuchar el tic tac del reloj, ni los problemas ajenos, esperar la temperatura perfecta del café o tomar decisiones. Lo intenté. También muchas veces quise desintegrarme o desaparecer. Simple. Cerrar la puerta del departamento, esconder la llave para no tener que tentarme a salir o atender a alguien. Me preocupa hasta cuándo me alcanzaría la comida que tengo en la heladera, también si la cantidad de latas que tengo en la alacena serían suficientes hasta que llegara el momento en el que empiece a adelgazar y a buscar urgente la llave o la demencia. El silencio se convertiría en tristeza. Ojalá pudiera escribir, escribir y escribir más ¿podría de una vez por todas empezar con mi novela? Al cabo de unos días se terminaría el papel higiénico y ese sí que es un objeto difícil de remplazar ¿Cuántos días podría pasar sin bañarme? ¿Dormiría en la cama o en el sillón del living o en el piso? Me acercaría a la baranda del balcón y pensaría en tirarme. No es que no lo pensara desde antes, pero siempre me limitó el dolor. Además, todavía no empecé la novela. En todo caso ¿qué legado dejaría? ¿De esa manera tendría la posibilidad de perdurar? Al menos con algo, un trabajo, un amor, un sueño, con mi vida. Durante muchos años estuve obligada a aceptar cada acontecimiento, las decisiones de los demás, pero nunca me permití sentir la perpetuidad de la cordura. Estaba muy conmovida para dormir. ¿Cómo se supone que se cambia la vida? ¿Cómo se elige vivir de otra manera? Estoy callada, sin mucho para decir o quizás con demasiado, pero sería lo mismo. Prefiero no decir nada. Aire fresco. Lo necesitaba, salir al balcón no era suficiente, volvería a imaginar la caída, quizás hasta gritaría, aunque lo dudo, y tendría que sentarme para dejar de sentir tanto vértigo ¿Cómo quedaría mi cuerpo en el vacío? ¿Quién sería la primera persona en llegar a socorrerme o a qué familiar le avisarían primero? ¿Cómo reaccionarían mis hermanos? ¿Mis padres podrían volver a compartir una habitación solo para despedir mi cuerpo o se culparían entre ellos por no haberse dado cuenta? Sí, aire fresco era lo que necesitaba, pero tendría que salir a la calle, mirar cómo la gente vive su día, escuchar conversaciones ajenas o ruidos de autos y yo todavía sin una historia que contar. Debería salir a caminar así tampoco podría cumplir con mi proyecto de abandono. Quizás podría encontrarme con alguna persona que haya sido parte de los mejores momentos de mi vida, abrazarla y decirle lo afortunada que fui de conocerla. No sería mentira, pero para mí no valdría nada hacerlo, solo encontrar a alguien que en mi entierro pudiera decir que yo era “buena” y tampoco valdría para nada porque preferiría que mi cuerpo se hiciera cenizas. Antes que eso tendría que ocuparme de poner mi vida en orden. Auto-decepción, mentiras, silencios y hacer la vista a un lado. Si mi vida estaría llegando al final de sus días ¿sentiría arrepentimiento? Estaría demasiado vieja para empezar de nuevo, no viviría sola porque mis hijos cuando no supieran qué hacer de su vida volverían a vivir conmigo, porque la casa de la infancia nunca deja de ser su casa y ya no los aguantaría y querría estar sola. No podría negarme a que volvieran, lo pensaría, pero al fin y al cabo tendría que bajar la mirada y decirles que se quedaran todo el tiempo que fuese necesario. Ese tiempo no serían semanas ni meses, terminarían siendo años. No les exigiría que paguen las cuentas, quizás sí que limpiaran de vez en cuando o que fueran al supermercado. Se los diría con indirectas o bromas de mal gusto, hasta me enojaría cuando no hicieran lo que les pido. Tendríamos mucho de que hablar, no lo haríamos, aunque ellos me preguntarían por su padre y yo les diría que era una molestia, pero se me llenarían los ojos de lágrimas porque en verdad lo hubiera amado. Todavía en camisón me serviría un whisky, lejos de la conversación, arrastraría los pies hasta el baño, ya sola, frente al espejo, miraría las arrugas en mi cara, las tocaría y pensaría ¿cuándo fue que me volví tan vieja? ¿Cuándo dejé de ver nítido, de ser buena y alegre? Fui hermosa, me lo decían mucho y yo lo sabía. No más. ¿Quién podría amar tanta fragilidad? Cansada, de mal humor, dos pastillas para el dolor de cabeza y todavía no hay palabras en la página en blanco. Quisiera escribir una novela brillante, quisiera ya haberla escrito de joven y leo a otros escritores para robarles ideas, para inspirarme o tan solo para odiarlos. Con una novela mediocre me conformo, pero debería estar bien escrita, la corregiría muchas veces hasta que así fuera. Aire fresco. En el balcón, en la baranda y ¿qué podría doler más, no llegar a escribir nunca o caer al vacío? De cualquier manera, caer o escribir tienen solo unos segundos de fingida libertad, porque las palabras nunca llegan a ser perpetuas y la caída garantiza el momento de impacto. Durante mucho tiempo supuse que todo estaba bien, la vida en pareja había sido un infierno, por pelear lo suficiente o por no hacerlo con la frecuencia con que deberíamos haberlo hecho. Demasiado cómodo, demasiado frágil, demasiado egoísta. El aire en mi cara, sentí el frío de la baranda en mis manos, pero no miré hacia abajo. Me trepé de a poco hasta sentarme. Ahora el frío no estaba en mis manos, lo sentía en las piernas ¿Cambiar mi vida? Era tentador, igual que el vacío, que el silencio, que caer, que la libertad.      

martes, 15 de septiembre de 2015

¡Ponete Coraje!


Empecé con este blog un poco para promocionarme, para contar historias, para obligarme a la continuidad de la escritura. El título lo elegí después de escuchar el tema de una cantante de cumbia colombiana, en su música: fuerza, alegría y, por supuesto, coraje. Siempre ahí, ante mis ojos, mi propia creación y yo sin darme cuenta. Lo que más me llamó la atención fue entender que esto no lo hago solo para mí: pienso las entrevistas o retratos para poder destacar las virtudes de quienes me rodean. Es decir, personas que admiro por el solo hecho de buscar sus sueños. Ayer me sentía triste por no encontrar la forma y, muchas veces, por perder las ganas. De la nada un llamado y una invitación a almorzar: bondiola de cerdo, morcilla, papas fritas, un reto amistoso y “largá esa mochila ya y a dejar atrás los problemas”. Lo de la mochila no era metafórico, es negra, fea, gastada y con el bordado de mi trabajo anterior, pero la uso porque es la más cómoda que tengo para llevar la notebook. Más tarde, en la compu, trataba de escribir después de una semana de leer “Perfiles” de Woody Allen para encontrar algún disparador, otro llamado, una amiga con la que hacía mucho tiempo no hablaba. Me preguntó qué estaba esperando para cumplir mis sueños. Creo que lloré. No mucho, estaba en un bar y me daba vergüenza que me vean. Hacía frío, sentía frío, pero no me quería ir sin haber escrito una sola palabra. El cursor titilaba. Pensé en mamá ¿cómo hace esa mujer para ser tan buena y ayudar a tanta gente? Que quede claro que no lo digo porque es mi mamá. Sí, sí, a veces es un lugar común hablar así de una madre, pero en este caso es verdad. Ella ahora está en Tucumán “dando una mano” con mis primos: lava y plancha la ropa, seguro se las deja con olor a bebé, como me gusta a mí, pero como mi hermano odia, los viste para ir al colegio, les prepara el desayuno y seguro les canta antes de dormir ¿Cómo hace para estar en todo lo que sus hijos le piden, para su novio, su mamá, sus hermanos, mis primos y cualquiera que la necesite? ¿Cómo hace cuando yo, a duras penas, puedo conmigo? Hace unos días una persona me decía “los atletas nos diferenciamos por la pasión que le ponemos para hacer que las cosas pasen”. La bondad también es pasional y requiere de mucho coraje hacer a un lado las necesidades propias y ocuparse de ayudar a otros. Escribiría un retrato sobre ella, lo pensé, quiero hacerlo, pero hoy no me alcanzarían las palabras para describirla y me siento culpable porque ¿qué estoy esperando yo para cumplir con mis sueños cuando esa mujer, mi mamá, deja todo de lado para ayudar a que otros cumplan con los suyos? ¡Coraje! 

martes, 8 de septiembre de 2015

Como una niña


Leche parcialmente descremada Información al consumidor: 1. Calcio agregado. La Serenísima ha logrado obtener una leche parcialmente descremada fortificada con calcio. Sí, no se sorprenda cuando su hija adolescente empiece a consumirla, tenga en cuenta de que usted lo hace con frecuencia. Ella no se lo va a aceptar ¿parecerse a su madre? Nunca. Quédese tranquila, con el tiempo querrá hacerlo, extrañará sus tortas, el olor a crema de sus manos, la paciencia para aconsejarla o acompañarla a comprar ropa. Se lo prometo, en poco tiempo será ella la que quiera hablar con usted por cualquier motivo. 2. Fuente de vitamina B9: son la base para el llevar y buscar a los niños de la escuela, ayudarlos con las tareas, a las cinco, leche y vainillas, sonreír, preparar la ropa para la mañana siguiente. Otra sonrisa, un abrazo y un beso con sabor a dulce de leche. Un poco de televisión, quizás algo de música y bailan todos juntos hasta que llega la hora de la ducha. “Estoy cansado, un cuento, mamá, solo uno”, “cómo se dice” y de otra cama gritan “por favor mamá, solo un cuento y nos dormimos”. “Cinco minutos” dirá usted y los niños asienten y sonríen mientras de a poco se les cierran los ojos. 3. Disimule, el repositor está muy cerca. 4. Viene una madre de niños pequeños, se dirige a la leche entera. Preste atención al calendario de vacunas ¿tiene usted todas al día? No se olvide de que la doble adultos se repite cada diez años. Sus hijos seguro tienen todas, las madres nunca se olvidan de esas, pero usted también tiene que cuidarse. Hágame el favor de llegar a su casa y chequear su carnet de vacunación. 5. Menos de 50.000 bacterias, las 24 horas, los 365 días del año. 6. El microscopio diferencia la calidad. ¿Sabe usted todo el esfuerzo que hay detrás de cada leche? Un hombre y una mujer se enamoran. Ella lo ama con locura, él sabe que sin ella no puede vivir. Una familia, un hogar y el almuerzo de todos los domingos. Con determinación, constancia y entrega llevaron adelante su sueño. No fue fácil, debo confesárselo, pero lo hicieron juntos. 7. Hágame el favor de cerrar los ojos. Señora, la vi, basta de hacer trampa y cierre los de una vez por todas. Se acuerda cuando se despertaba para ir a la escuela: el delantal blanco, las trenzas a los lados que todas las mañanas le hacía su madre y la falta de los dientes de arriba que se llevó el Ratón Pérez. Qué poco tiempo ha pasado y ahora es usted la que hace lo mismo con sus hijos. 8. Ingredientes: leche parcialmente descremada ¿y si le agregamos un chocolate? Para un Submarino: 250 cc de leche, 1 barrita (20 g) de chocolate de taza, azúcar o edulcorante, hervir la leche y servirla en un vaso largo. Colocar la barrita, el azúcar y aguardar hasta que el chocolate se derrita. Tiene muchas más recetas en el Facebook de La Serenísima, la que se le ocurra y, en el caso de que no sepa por cuál preguntar, pida alguna sugerencia que le contestan en seguida ¿Qué? ¿Nunca entró al Facebook de la empresa? No se preocupe, es muy simple y cualquier cosa que se le ocurra preguntar, unos segundos y ya tiene la respuesta. 9. ¿Por qué elijo la receta del submarino? Es simple, siempre me recordó a mi niñez y es mucho mejor si se comparte con amigos. Aunque siempre lo prefiero los días de lluvia. 10. Le recomiendo no acercarse a limpiarle el bigote de chocolate que tiene su hijo, los amigos podrían hacerle bromas y quizás él termine enojado con usted. Además, tiene que reconocer que es divertido ver a un niño con bigotes de chocolate. 11. ¿Le puedo pedir un favor? Mueva con suavidad la mano hacia abajo, su dedo gordo me hace cosquillas. 12. Información nutricional: Puede mezclar esta leche con otros productos. El cacao en polvo es otra buena opción, sobre todo para las mañanas de mucho frío. Se aconseja una cucharada, quizás dos, pero preste atención si lo preparan sus hijos, cuanto más oscuro más rico. Si piensa en la cena y todavía no se le ocurrió qué preparar, la polenta con leche y mucho queso derretido es una buena opción. Simple, rica y muy nutritiva. 13. Servicio de información al consumidor: no vaya a pensar que le hago publicidad a la polenta. Para nada. A tan solo unos pasos encontrará la distinta variedad de quesos. Qué ricos son los cremosos. Debo confesarle que a la polenta con leche y queso, mucho queso derretido, le haría publicidad. 14. Dese vuelta, ¿esos niños que juegan a las espadas con baguettes de salvado y se corretean por los pasillos son sus hijos? ¿Probó usted ponerse a jugar con ellos? Tiene cinco minutos antes de que envíen al hombre de seguridad, yo la espero, vaya, juegue. No está nada mal que de a ratos se divierta como cuando era niña.

jueves, 26 de febrero de 2015

Entre palabras


Elena sabía lo que Julia estaba pensando. Elena sabía, Julia no lo ignoraba, pero no le gustaba hablar del tema, ya lo habían intentado y siempre terminaba en gritos, portazos y silencios que duraban varios días. Silencios entre ellas porque a Miguel lo torturaban contándole cada detalle de la pelea. Cada vez que escuchaba una versión de la historia se rascaba la cabeza y decía que se iba a encargar del asunto. Nunca lo hacía, al menos eso era lo que ellas pensaban. Solo estaban de acuerdo en que Miguel era un idiota y cuando recordaban que tenían eso en común, volvían a conversar. Elena cocinaba, Julia, sentada en la mesa de la cocina, apretaba una y otra vez el botón de una lapicera, Elena, de a ratos, cerraba los ojos, respiraba hondo y negaba con la cabeza. Elena sabía lo que Julia estaba pensando. Esperó, sabía que tenía que esperar a que Julia le hablara, ella era así, tenía sus tiempos para hablar. Elena no, hablaba en cualquier momento y siempre decía lo impropio de la impulsividad de hablar, pero respetaba los silencios de Julia. Ahora contó las 34 veces que Julia apretó el botón de la lapicera, Elena volvió a cerrar los ojos. Julia se levantó de la silla, dejó la lapicera en la mesa, se acercó a Elena y habló. Elena la escuchó, pero no giró. Julia apoyó la mano sobre el hombro de Elena y le dijo que Miguel era un idiota, Elena giró, le tomó la mano y la llevó de nuevo hacia la mesa. Se sentaron.
Elena: ¿Qué hizo ahora mi hijo?

Julia lloró. No le gustaba llorar delante de nadie, menos de Elena, pero eso siempre las amigaba. No habló, no le salían las palabras. Tomó una de las servilletas que había en la mesa y se sonó la nariz. Elena, que todavía sostenía la mano de Julia, la acarició, mientras se mordía la lengua para no hablar. Julia se secó las lágrimas con la misma servilleta con que se había sonado la nariz, la dejó sobre la mesa y miró los ojos verdes de Elena. Siempre le había impresionado el color de esos ojos. Elena soltó la mano y le acarició la mejilla. Julia volvió a llorar, se tapó la cara con las dos manos. Elena le sacó las manos, le alcanzó otra servilleta y esperó a que Julia se sonara la nariz para decirle: “Los hombres son así, van a buscar placer en otro lado y las esposas nos tenemos que aguantar”. Elena sabía, Julia también.    

lunes, 9 de febrero de 2015

El whisky de Juan


El escritor le pide que no la deje. El personaje se encuentra de pie junto al sillón, la mira. Ella duerme, los zapatos en el piso, las rodillas abrazadas y en sus labios, la pintura, todavía muy roja. Una luz encendida en la habitación. El personaje se inclina hacia ella, le acerca su mano a la cara pero no la toca, él acomoda su cabeza sobre el apoyabrazos, cierra los ojos y la escucha respirar. El escritor toma un sorbo de whisky, sólo queda un hielo, mira la birome, el papel tiene algunos tachones, y vuelve a pedirle que se quede. El personaje levanta la vista hacia el reloj de pared, arrodillado gira despacio los hombros hacia la puerta y vuelve a mirarla. Ella no se mueve. El personaje acerca más su cara a la de ella: no se tocan. El personaje vuelve a cerrar los ojos. El escritor mira la última palabra, pone un punto, toma el último trago del vaso, muerde el hielo y otra vez su vista en la hoja. Tacha, tira la birome sobre el cuaderno y se recuesta en el respaldo de la silla con los brazos extendidos. Le dice al personaje que no puede irse mientras ella duerme. Los labios del personaje muy cerca del oído de ella, susurran algo que el escritor no escucha, él le pide que hable más fuerte pero el personaje no lo hace. El escritor se levanta y va hacia la cocina, cuatro hielos y whisky hasta llenar el vaso, toma dos tragos y vuelve a la silla, a la hoja, a la historia. El personaje se pone de pie, vuelve a mirarla. El escritor le exige que se quede. Ella suspira, el personaje se acerca a darle un beso, ella abraza con más fuerza sus rodillas y el personaje no la besa. Ahora camina hacia la puerta, la abre, mira hacia donde ella duerme. El escritor le grita, su cara está roja, le transpira la frente, las manos, toma el vaso, lo mira, dos tragos y vuelve a gritar. El personaje, de pie junto a la puerta, no lo escucha, gira la cabeza hacia donde está ella, muerde sus labios y cierra despacio la puerta. El escritor se levanta de la silla, “volvé” le grita, “volvé”. Tose. Está rojo. Vuelve a toser. Toma de una sola vez lo que quedaba en el vaso y lo tira contra la pared. Apoya las dos manos en la mesa, mira las palabras, los tachones, la hoja, la arranca del cuaderno y la rompe. Algunos pedazos en la mesa, otros en el piso. El escritor va hacia la cocina, un nuevo vaso, cuatro hielos, whisky hasta el tope y antes de cerrar la botella toma un trago del pico. Punto y aparte. La luz de la habitación todavía la ilumina, ella no sueña, sólo duerme.          

lunes, 2 de febrero de 2015

La mentira tiene patas cortas



No quería almorzar, su mamá volvería a darle lo mismo hasta que lo comiera. Su hermano con los autitos en el jardín y ella todavía en la mesa. Fideos fríos y pegados. Una mano en la cara, el codo apoyado en la mesa, la otra separaba los fideos con el tenedor. Su mamá se asomó desde la cocina y la amenazó con llevarla a la cama y ella no quería dormir. Siempre que se portaba mal, la obligaban a ir a su cuarto, pero nunca se dormía, miraba las estrellas que le habían pegado en el techo para que no le diera miedo cuando se apagaba la luz. Separó las fideos en dos montones y se acordó de la pregunta que siempre le hacía su papá: ¿Cuánto es un montón más otro montón?... un montonazo. Aunque separados en dos partes, los fideos todavía eran muchos. Le preguntó a su mamá si podía comer sólo un poco y después ir a jugar con Tomy y ella la dejó. La niña agarró el tenedor con ambas manos y giró hasta hacer una bola muy grande. Abrió tanto la boca que le dolió en los costados. La bola de fideos no entraba, estiró un poco más con la otra mano y cerró. Algunos fideos colgaron del lado de afuera, acercó el plato hacia ella y al morder, cayeron. Masticó. Sus mejillas eran globos a punto de explotar. Tapó la boca con las manos. Su mamá no la dejaría ir a jugar y su papá siempre le decía que si lo vomitaba se lo comería igual. Ahora tenía arcadas. Con dos dedos sacó algo duro que no la dejaba tragar y tomó un sorbo de jugo. La mamá, desde la cocina le gritó que no tomara nada hasta no terminar. Comió otra bola de fideos con rapidez. Ella no entendía por qué no la dejaba tomar jugo, en el paladar tenía comida pegada y cada vez era más difícil tragar. Miró el vaso, el jugo era de manzana, de los que vienen en polvo y esta vez le tocaba a ella pasarle la lengua a lo que quedaba en el sobre. La última vez Tomy lo había agarrado a escondidas. Sin hacer ruido se deslizó debajo de la mesa, gateó hasta el baño, no encendió la luz, todavía arrodillada, escupió todo. Bajó la tapa, subió al inodoro y dejó correr el agua. Nunca tiraba la cadena, para hacerlo tenía que treparse y meter la mano en un hueco que había en la pared y levantar un palito. Siempre se mojaba la punta de los dedos y eso no le gustaba, encima después la retaban porque el agua no dejaba de correr. Su mamá la llamó. La niña se acercó con la cabeza hacia abajo, movió el pie y le dijo que no aguantó las ganas de ir al baño, que ya había comido la mitad de fideos en el plato. La mamá le preguntó si había escupido los fideos, ella negó con la cabeza y cruzó los dedos atrás de su espalda. La mamá estiró la mano y señaló hacia el jardín, ahora podía ir a jugar con Tomy, él siempre le prestaba el autito rojo. 

lunes, 19 de enero de 2015

El mejor momento del día



“Podría besarte todas las noches, mirarte dormir, escucharte respirar, acariciarte los labios y cantarte los domingos. Podría hacerlo todas las noches. Sí que podría”, pensó Juan. Si compartían la almohada, también podían compartir los sueños, si fuera una pesadilla él podría abrazarla o al menos despertarla. Si vivieran juntos, todas las tardes le compraría flores, a veces fresias; durante el verano, jazmines; durante el invierno alguna flor que le recuerde que pronto será primavera. A Juan no le gustaba la primavera, no era como enamorarse durante el verano o abrazarse durante el inverno, el día más largo o el día más corto. Suspiraba, eso sí hacía todas las primaveras, también pensaba en ella, suspiraba y escribía poemas. Nunca había pensado en ser escritor, ni en contar historias o inventar personajes. Sí escribía poemas, todos para ella. Le salía solo. Una tarde conoció un escritor al que los mostró lo que escribía. “Es muy cursi”, le dijo. Nunca volvió a mostrarle nada a nadie. No lo lamentaba, le parecía mejor así. Lamentar era para débiles, él no lo era, se sentía fuerte. Pensar en ella lo hacía sentir así. Fuerte. Todas las mañanas pensaba en ella, también después de almorzar, antes de merendar, siempre durante la cena y antes de dormir. Ese era el mejor momento del día porque podía cerrar los ojos, imaginarla a su lado, besarla, mirarla dormir, escucharla respirar, acariciarle los labios y cantarle los domingos.