jueves, 22 de diciembre de 2016
No estás sola
Las dos manos en la taza, el olor a menta se mezcla con el frío de la habitación, con el ruido del aire acondicionado, con el pelo fucsia de ella, que a veces también es azul o de muchos colores, que ahora está en silencio, que escribe una historia, con sus diez palabras que son distintas a las mías. Acomodo mis anteojos, abro un libro y leo las primeras líneas para encontrar qué decir. Un perro ladra, pienso que quizás su dueño le enseña a sentarse y después de muchos intentos lo logra y como premio le da un caramelo. No puedo concentrarme, sus dedos de uñas largas color uva golpean las teclas, los tatuajes en sus manos, en sus brazos, en todo su cuerpo, son las marcas de la infelicidad provocada que eligió llevar, pero ella no piensa en el golpe de su escritura, solo en el hombre de su historia, que la espera en su casa, en silencio, quizás con la valija lista para partir, aunque ella no quiera, sabe que va a ser así, que también se va a llevar las fotos, sus revistas y la computadora, pero a ella qué le importan esas fotos si él ya no va a estar más ahí. Ella expresa su amor de la única manera que sabe: con dolor. Pretenciosa. Llena de vida para ser medio amada, con días eternos de soledad, sobre todo los feriados, en los que sale de su casa y camina a las tres de la tarde, debajo de ese sol que agobia, pero no tanto como sus pensamientos, y se compra unos zapatos rosas, de tachas, que sabe de poca utilidad. Vuelve a sus palabras, a la orfandad de su texto, en el que el personaje deja quemar las tostadas y cierra las persianas y busca la noche cada mañana y el pelo y la ropa y los muebles se impregnan de olor a quemado. Su texto es brillante, ella lo sabe y yo también. No estás sola, escribo en mi cuaderno. No estoy sola, escribe ella en el suyo. A veces las palabras hunden, la mayoría de las veces salvan y escribe, no siempre, para ser querida; y escribe, por obligación, para soportar la vida.
sábado, 10 de diciembre de 2016
Los Castagnola: el polo en la sangre
Se conocen como se conocen las familias, adentro y afuera
de la cancha. Los Castagnola, con la mirada puesta en el objetivo, con la idea
fija en marcar el gol, con el taco en alto, hoy son la promesa del poloargentino.
Camila Cambiaso los mira al costado de la cancha, cerca,
siempre cerca, las dos manos en la cara, a veces en silencio, a veces algún
grito, con esa preocupación y nervios de madre. Una mamá que los acompaña, que
les inculca el esfuerzo, que respeta cada una de sus decisiones, que está ahí, como
la necesiten, para su marido y para sus hijos.
Los chicos todavía son chicos y Lolo se los recuerda,
ellos juegan para ser profesionales y su papá prefiere que jueguen al polo, que
agarren ese polo del bueno, que se diviertan, pero en el momento en que decidan
ser profesionales que sea con convicción, laburo, mucho laburo y sacrificio y
tiempo.
Todos decían que Lolo estaba loco, quizás un poco
chiflado, que los chicos todavía eran unos nenes, pero él los ve en las
prácticas, arriba de los caballos, él los ve en su casa y todos los días se
habla de lo mismo y todos los días se siente lo mismo y él sabe de esa pasión y
de que para el polo ya no son unos nenes.
Jugaron la copa de la República y salió como esperaban:
entre abrazos y lágrimas, esa sensación inexplicable de ganar y de compartir la
cancha con sus hijos. Ellos juegan para ganar, pero Lolo se ocupa de
recordarles que sean humildes, que el respeto es fundamental y que sigan
metiendo golazos.
En la vida uno se pone objetivos y, tras el festejo
masivo de cada gol, el Abierto de San Jorge fue otra demostración de que cuando
se quiere se puede. Pensaban que se podía ganar, jugaron sin presión y
confiaban en que el equipo era muy bueno. Lolo marcaba los errores, quizás con
alguna que otra puteada, pero Barto y Jeta saben que es para ganar.
El esfuerzo de no rendirse, del colegio a los caballos,
de los caballos a la cancha, al mate, al polo. Barto disfruta de jugar con
gente que conoce y dice que no imita a su papá, en nada, pero ambos saben que
es su mayor influencia. La relación con su hermano, con Jeta, es muy buena,
siempre está, no sabe cómo, pero en la cancha, cuando mira hacia adelante,
siempre está. Lo admira, dice que tiene mucho taqueo y que aparece en momentos
claves. Serio y reservado, Barto de él no dice nada, lo demuestra en la cancha.
“¿Con quién hablás? ¿Apago la luz?”, pregunta Jeta
mientras Barto termina de hablar por teléfono, de dar la entrevista. Jeta apaga
la luz, al día siguiente tienen colegio, pero a ellos eso no les preocupa, hablan
de caballos y se duermen ansiosos porque el día siguiente es otro día de polo,
de cancha, de jugadas, juntos.
Revista Polo Live #36
miércoles, 9 de noviembre de 2016
Entrevista a Milena Busquets
No tenía planeado ser escritora, trabajó muchos años en
el mundo editorial, se quedó sin trabajo, murió su madre y esto la llevó a
escribir “También esto pasará”. En la novela, la escritora catalana habla de la
relación de amor entre una hija y su madre que acaba de morir, el libro ya fue publicado
en más de 30 idiomas y a fines de 2015 el productor argentino Daniel Burman
compró los derechos para adaptarla al cine.
¿Por
qué decidiste transformar la historia del duelo de tu madre en la novela
“También esto pasará”?
Hacía un año que había muerto mi madre, había terminado
varios proyectos laborales, no tenía dinero ni nada que hacer, no tenía nada y
un día, por primera vez, me encontré consciente de que estaba sola. Me senté
frente a la computadora y escribí el primer capítulo sin pensarlo demasiado.
Luego vino el resto. Me costó su muerte para decidirme a escribir cosas más
serias.
¿Escribir
este libro te ayudó a hacer catarsis?
Me alivia más leer que escribir. No creo que me haya
servido para hacer catarsis. En mi casa la escritora era ella y no podía
usurpar su puesto. No es casualidad que haya empezado a escribir arriesgándome
mucho más, después de que ella murió.
¿Es
una novela autobiográfica? ¿Cuánto hay de lo que en verdad pasó?
Hay mucho sobre la relación con mi madre, pero el resto
no es tan autobiográfico. Es una novela muy desinhibida que trata sobre la
relación que tenía Blanca (personaje principal) con la madre y cómo el sexo la
ayudó a sentirse viva. El sexo lo hace para consolarse, para distraerse de la
muerte.
¿Qué
crees que tu mamá pensaría acerca del libro?
Quizás hubiera estado un poco envidiosa, pero también le
hubiese gustado mucho, ella era muy egocéntrica, estaría muy contenta. Pero
también es cierto que si ella todavía estuviera viva yo no hubiese sido capaz
de escribirlo.
¿Es
por ese motivo que surgió la frase “lo contrario de la vida es el sexo”?
Esa frase surgió al final, durante el proceso de
reescritura. Para Blanca es muy importante tocar y ser tocados y el sexo le
recuerda que está viva. Es muy peligroso convertirse en un muerto viviente,
esos que están solos y nadie los toca y nadie los abraza.
Tu
mamá estuvo muy enferma al igual que la madre de Blanca ¿Cómo crees las
enfermedades cambian a los seres queridos?
La cercanía con la muerte es terrible. El dolor
transforma y empeora. Ella me culpaba de su enfermedad, decía que los médicos
le habían dicho que el párkinson había sido mi culpa. Sufrir te debilita, tanto
por una enfermedad o por tener mala suerte en la vida, te vuelve mezquino. Ella
estaba muy enojada y de a ratos era una persona muy malvada porque le estaban
quitando todo lo que tenía: su vida.
¿Qué
significa para vos el paso del tiempo?
Me preocupa más la muerte que el paso del tiempo. En definitiva
todos acabaremos muertos y eso me parece una brutalidad.
De
cualquier manera, te tomas las cosas con mucha ligereza ¿no es así?
El humor es un instrumento, un acto de rebeldía para que
no cunda el pánico. Mi generación es una generación más prudente, les da miedo
perder el control, quedarse sin dinero, no es nada tan grave, no es nada tan
definitivo. Mi vocación en la vida es divertirme.
Del
libro a la película con Daniel Burman.
Me pareció que era lo que tenía que hacer, venderle los
derechos a Burman. Ellos han sido muy amables y están interesados en que me
involucre, pero ser guionista es un trabajo muy distinto al de ser escritora y
yo no quiero ser guionista. El resto es libertad de otros. Está bien dejar a la
gente que haga lo que quiera. No soy controladora, soy una trabajadora en lo
que me toca.
Después
de escribir el libro ¿el dolor pasa?
No, se aprende a vivir con él. Pero yo creo que en la
vida hay que jugársela, sino ¿qué sentido tiene vivirla? La muerte de mi madre
me sigue pareciendo una cosa inaceptable, pero hay que dejar ir a los muertos,
que ese vacío se convierte en otra cosa y, como siempre digo, “también esto
pasará”.
Entrevista realizada para el #78 de la Revista Fuera de Hora.
martes, 1 de noviembre de 2016
A cualquier lugar
Camina, es de madrugada, le pesa el cuerpo, sobre todo esa
mochila que no quiere cargar, levanta el brazo, también el pulgar y espera que
algún auto o camión le abra la puerta, le ofrezca unos mates y lo lleve a algún
lado, a cualquier lugar, no le importa cuál, y aunque se convence de que esa es
la ruta que quiere seguir, preferiría estar acompañado. Camina descalzo,
errante, la suciedad de sus pies anchos envueltos en tierra y espera estar en
el desierto donde nadie pueda molestarlo porque, a pesar de ser bienvenido en
cualquier lugar, ninguna casa es su casa. Levanta una tienda para que pueda
entrar quien quiera, por hospitalidad, por locura, para ayudar y ser ayudado y
la ventaja de la tienda, la suya, es que puede irse en cualquier momento. Le
dice que “no” a los teléfonos, a los compromisos, a la rutina, al trabajo, a la
iglesia, pero no puede sostenerlo y trabaja de lo que venga para sobrevivir al
menos ese día, con suerte varios días y se enoja, porque no comparte ese estilo
de vida y se cansa de los mismos lugares y de las mismas personas y camina,
otra vez con la mochila en la espalda, y se aleja. Rechaza lo propio, las
pertenencias y que las puertas estén cerradas o que tengan llaves o candados.
En las personas busca bondad y compartir algunas cervezas, quizás también
emborracharse en soledad y se escapa de cualquier signo de normalidad o de
egoísmo. Él quiere sorprender y por azar encontrar gentileza, otras veces,
sonrisas y se desespera cuando solo encuentra oscuridad y silencios, con lo que
nadie quiere afrontar y siente miedo y camina rápido, cada vez más rápido y
finge distracción, pero está ahí, huye, con la mirada cansada y triste. Durante
el día se aburre, es el horario en el que a la gente le resulta fácil criticar
o juzgar y sufre porque quiere brindarse más, incluso a quienes no lo merecen,
pero nadie lo mira y él llama la atención, habla y habla y grita y ruega que lo
escuchen y nadie lo ve y su voz y sus historias se apagan. Sin paredes, con
anécdotas, sabe que va a morir, dentro de mucho, pero no falta tanto, porque no
es capaz de soportar tanta indiferencia. Piensa que la bondad es coraje, la
servicialidad, valentía. No cree en Dios, creen en los afectos. Inteligente,
emocional y analítico, el pelo rubio, los ojos celestes, a veces grises, y la
mirada dispersa. Con lucidez miente sus propias verdades hasta creerlas y se
olvidó de decirle a su madre que la quiere, a su padre que lo respeta, a sus
hermanos que son su mayor influencia, a todos, lo que quiere ser y a él,
repetirse una y otra vez, aquello en lo que no quiere convertirse o resignar, y
no le importa tanta mierda mientras tenga un vaso de cerveza en la mano. Ese
genio que nunca quiso ser porque no le interesa conquistar ningún rincón,
tampoco nació para demostrarle nada a nadie, porque en su peor momento solo muy
pocos le demostraron por qué tenía que levantarse de la cama. Se escapa, quiere
volver a ser el niño alegre que saltaba en el jardín de su casa, que no sentía
frío y que no toleraba perder, complacer a los demás y ser perfecto, ese niño bueno que siempre fue, el que todos esperan,
el que ya no es. Borracho de odio que no puede llegar a sentir, incómodo y al
pie de la intolerancia, ya no exige ningún tipo de atención. Sigue el humo con
la mirada, los ojos rojos, se reclina en la silla, se arroja contra la barra,
está en paz y se piensa feliz, sin reclamos. Mira su entorno, a los conocidos
de siempre y para muchos él ya no es tan conocido y ve lo que nadie quiere ver,
pero no puede expresarlo porque lo que está tan cerca no le permite palabras, y
se recuerda niño, con una pelota y una sonrisa, pero lo que está tan lejos es
un adorno que le genera demasiado vacío. Vive el presente y lee a Bukowski, escucha a Bob Dylan, también electrónica, y la
música le rompe los tímpanos y baila y salta y vuelve a bailar y mira las
estrellas, les habla para que no lo olviden, ya es de madrugada y un rugido en
el medio de la noche despierta a los vecinos. Apaga las luces. Ya siente el mar y el viento en la cara. Ese grito le
costó la voz, quizás también algunas lágrimas, porque ya no es un niño ni el
adulto que muchos exigen, ya no tiene casa ni hogar, solo tiene una tienda,
hospitalidad, recuerdos, algunos libros, sus cuadernos y una mochila, que va a
volver a cargar, para abandonar la ciudad, no para siempre, abandonarla un poco
y quizás, algún día, volver.
martes, 27 de septiembre de 2016
Miedos
Si tuviera que hablar de mis miedos y aunque no lo soportara tuviera que contestar a qué le temo, y después de unos segundos de silencio y de la ansiedad de aquel que también espera en silencio, diría que lo que más me asusta es no ser amada o no ser suficiente o conformarme. Me desespera no escribir y perder el tiempo y seguir sin escribir una palabra. Tengo miedo a no perdonar, a vivir en el pasado, a odiar, a no sonreír cada día y olvidarme del dolor en mi estómago por reír a carcajadas, pero por sobre todas las cosas, a perder a mi madre y a mis hermanos y a no volver a encontrar nunca un hogar. Miedo a la soledad, pero ahora me genera mucho más miedo no tenerla. A llorar delante de alguien y que me considere débil y a no establecerme, nunca, en ningún lugar, con nadie. Miedo a no poder devolver tanta ayuda y a necesitar todavía más. Me aterra alejarme de mis amistades y sentirme sola y que sea mi culpa. Miedo a mi papá y a su indiferencia. A mirar a través de la ventana y no encontrar un árbol con hojas verdes, una flor, las estrellas o la luna y ser cursi. Miedo a la inocencia de una cerveza, de un café y hasta de un beso. A juzgar. Miedo a no volver a sentir el calor de sus abrazos. Miedo irracional a las cucarachas, a encontrarlas en el medio del camino y no saber hacia dónde ir o saltar o esperar a que se muevan, que sigan hacia cualquier lado mientras ruego que no sea hacia el mío y no me animo a pisarlas, al crujido de su muerte, al desconcertante movimiento de sus patas. Miedo a vivir para trabajar de algo que no me guste, al aburrimiento, a ser una esclava, a maltratarme y no ser creativa y no viajar y quedarme quieta. Me atormenta no ser una buena persona y compararme todo el tiempo conmigo misma y querer más, de todo, siempre. Miedo a mirarme en el espejo, a la tristeza en mis ojos, a la sonrisa falsa, a la profundidad de las arrugas en la mirada, a los mechones de pelo blanco y tener que pensar en teñirme y al cansancio, a que se note tanto ese cansancio y querer gritar y que me miren como a una loca y que no me importe, pero no lo hago, no grito. Miedo a los números impares, a la manipulación, a lo dicho, a quedarme sin palabras y a lo que nunca llegué a decir y quedarme sin encuentros y sin pasión y sin tiempo. Miedo a las uñas largas, a la violencia que retengo, a no cambiar o a cambiar tanto que ni siquiera pueda reconocerme. Miedo a no ser valiente, a rendirme, a sentir frío, demasiado frío, y tener las manos heladas, la nariz, también los pies y dolor y no encontrar unas manos que tomen las mías o un abrazo que me abrigue o una palabra de aliento o un amigo. Miedo a la pereza. A la sangre. A no dormir. A no escribir. Miedo.
martes, 13 de septiembre de 2016
Cosas
Le
digo que nada, que no quiero más cosas, para qué tanta ropa, vasos y platos y
sillas vacías, adornos que juntan polvo, libros sin leer, una televisión
encendida, una mesa llena de papeles, en definitiva, dueña de tantas cosas y,
al mismo tiempo, una prisionera, dueña de nada. Y vuelve a su cuaderno, a sus
preguntas estudiadas, aunque en realidad le intriga por qué tanto extremismo,
pero me pregunta ¿por qué escribo? Y yo le contesto que porque necesitaba ser
dueña de algo, y va a negar, lento, achica la mirada y me va a decir que
es contradictorio, ¿no? Y yo lo admito, le digo que sí, que es desconcertante, para
mí y para usted, pero no sería algo material, sería dueña de una historia, la
de mi casa, la de mis hermanos, la mía, porque quién no quiere contar, algo, lo
que sea. Usted frunce los labios y afirma y me pregunta qué pasa después y yo,
con la mirada en mis manos, en mis dedos sin anillos, le contesto que un
anticipo, dinero por palabras que llenarían mis silencios de críticas y
halagos, y cada lector, en cada frase, buscaría una mentira y una verdad, y de
la pobreza a las cortinas, a los almohadones, a la ropa importada y a los perfumes,
otra televisión, más libros y página tras página de soledad. Usted ahora no
habla, ni mueve la cabeza, tampoco me mira a los ojos, busca en su cuaderno
cómo continuar y yo, sin dejar que usted mueva los labios, le pido que me mire,
usted levanta la vista, y yo me inclino cerca, muy cerca de su mirada y le
susurro que con el tiempo, se prefiere la cordura a las cosas, los secretos a
las verdades, porque los secretos tan abiertos, tan accesibles, de frente y a
los gritos, nadie los ve. Y me pregunta qué quiero, y si hoy usted a mi pudiera
concederme un deseo, aquello que más anhelara, y yo le pregunto ¿cualquier cosa?
Y Usted me dice que sí, que cualquier cosa, que qué pediría, y yo, que sé que
no hay forma de que usted me de aquello que quiero, le diría que una noche de
invierno, una sonrisa, un abrazo, cosas.
viernes, 15 de julio de 2016
Retrato de Zahra

“When
someone loves you, you feel it, you know it without words. They are there when
you need them, when you are at your lowest... they accept you for who you are
and they don’t judge you or punish you for it... All they need to be...is there”.
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